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Extractos de la biblioteca totoptero

Rosero, Evelio. Toño Ciruelo. Bogotá: Tusquets editores, 2017. 225 págs.

Hace poco en las redes sociales circuló una entrevista en la cual Edward Norton afirmaba que Fight Club no se podría filmar actualmente. Norton se refería específicamente a las formas de distribución de las películas y la relación con la industria del cine; sin embargo, después de leer el artículo, otra pregunta quedaba en flotando en el aire: ¿sería posible adaptar el libro de Palahniuk actualmente? Si bien una gran cantidad de elementos que contienen los libros de Palahniuk aparecen de manera explícita en el mundo del consumo y la cultura de hoy, habría que reformular la posibilidad de un Tyler Durden que a través de un grupo de inconformes logre cambiar los sistemas de control de la población. Siempre he leído los otros libros de Palahniuk como una reelaboración eterna de su primera novela, y a series como Mr. Robot como un intento de reusar la estructura de Fight Club en una versión 2.0 con redes sociales y teléfonos inteligentes. Pero todo esto me lleva a más posibilidades de lectura, y una de ellas es cómo releer una obra como Fight Club desde un marco local; cuando lo imaginé, pensé que una versión colombiana sería ridícula y poco verosímil, pero con el tiempo me di cuenta que en realidad sería una versión dura, cruel, oscura, violenta y pesimista. Hace poco, al leer Toño Ciruelo de Evelio Rosero, he encontrado una obra que se acerca de manera curiosa al libro de Palahniuk, pero lo hace de la manera más oscura posible: Toño Ciruelo podría ser la pesadilla más macabra en la mente de Tyler Durden.

Toño Ciruelo, como toda novela de personaje (p.e. Malacara de Guillermo Fadanelli), se centra en el crecimiento, aprendizaje, acciones y pensamiento del protagonista y en cómo su existencia afecta a todos aquellos que están a su alrededor; por ello esta novela está absolutamente llena de Toño, cada página rebosa su presencia hasta desbordar el libro mismo y surgir como una presencia constante en la vida del lector. Al lado de Toño, giran como satélites sus dos amigos: Fagua y Eri (narrador de la novela); a quienes Toño lentamente destruye física y psicológicamente. Es por esto que la novela de Rosero se puede leer como la descripción detallada del continuo deterioro no solo de Fagua y Eri, sino la decadencia de un mundo que fue apropiado y arrasado por Toño Ciruelo. Esta novela sobresale en la producción de Rosero porque, si bien comparte muchos de los elementos que ya estaban presentes en otras de sus obras, la decisión narrativa del autor se transforma radicalmente convirtiendo a la maldad pura, como un estado alterado de conciencia; pero, para entender mejor esta propuesta de lectura de la novela de Rosero, es necesario crear algunas relaciones con otras novelas. En muchas de las novelas de Rosero encontramos una decisión narrativa importante: Rosero, como escritor interesado en narrar el terror, el horror y la violencia, se encuentra en medio de una bifurcación de caminos. Uno de los caminos está dirigido a una narración más cercana al testimonio que, en lo personal, considero está afectando a lo literario más que expandiendo su campo. Las formas en las cuales se intenta adoptar elementos del testimonio y de la crónica a lo literario, parece estar tomando un camino equivocado al minimizar la ficción en pro de lo verídico y no de lo verosímil. El otro camino, el que toma Rosero, es el de exaltar hasta el punto más extremo los elementos de lo ficcional para subrayar la calidad de lo literario; pero en este momento se enfrenta a un problema: llevar al extremo lo literario (el simulacro en términos de Baudrillard), puede sacrificar la verosimilitud del relato, razón por la cual utiliza una serie de mecanismos narrativos que posibilitan que el límite de lo ficcional entre en las fronteras de lo real: las deformaciones de las visiones de mundo a través de estados alterados de conciencia (vejez, alzhéimer, alcohol, consumo de drogas, etc.). En esta novela, contrario a novelas como Los Ejércitos, Rosero no usa los estados alterados como elemento narrativo que se posiciona en el texto, sino que lleva el tema de la maldad, la perversión, la oscuridad y la crueldad a un extremo tal que permite que el mal se convierta en un elemento que se mueve en el límite entre lo real y lo irreal, es decir que la maldad se convierte en un filtro tan fuerte que puede alterar la percepción del mundo (esta lectura sobre la poética de Rosero merece un texto aparte que en este momento estoy trabajando para publicación). Y es justamente esta visión de la maldad que se mueve en el límite entre lo real y lo fantástico (una alteración en estados de realidad que roza lo abyecto de Kristeva) la que permite el paso a un segundo plano: la maldad de Toño como elemento de seducción. Pareciera ser que uno de los fondos temáticos de la novela de Rosero es observar cómo la violencia aparece como un elemento que se expande a medida que encuentra lugares para habitar cada ser humano; así la violencia no se observa en esta novela a partir de una moralidad falsa, sino como una especie de semilla que todos tenemos y que basta con observarnos de manera objetiva para entender que somos Toño Ciruelo. Cada una de las acciones de Toño es desplazada de su sentido común (que está marcado en la mirada de Eri) y se convierte en el punto de llegada de un deseo más real y sólido que el inicial. Así, lo sexual se vuelve animal, el crimen es justicia, el asesinato un rito religioso; siempre los desplazamientos hacen que se inserte todo tipo de violencia dentro de lo cotidiano y de lo posible (todos seríamos capaces de cometer esos crímenes). La forma en la cual el autor consigue que haya solidez en esta propuesta es a través de un in crescendo en la violencia que
la va normalizando. Así, el asesinato que aparece como la irrupción de la maldad al inicio de la obra, se convierte en un acto casi cotidiano al finalizar la misma; cuando la violencia se normaliza, crea un espacio de lo social diferente que al inicio parece deformar lo real, pero que después se convierte en una vuelta a la verdad que estamos cubriendo bajo un manto de moralidad que se desvanece. Así al final no solo notamos que nunca hemos escuchado a Toño más que por la voz de Eri; momento en que la voz de Toño aparece por medio de unos escritos escalofriantes que rememoran todo lo realizado por Luis Alfredo Garavito y reposicionan la obra en el campo de lo real. Vemos entonces que Toño no es sino la contraparte de Eri, y que los dos forman una dupla que se complementa convirtiendo a los dos personajes en uno solo. 
Quedan muchas cosas entre el tintero, elementos que podrían dar un panorama más amplio que la corta interpretación que doy en estas pocas líneas. Basta con decir que, de nuevo, un libro de Rosero vuelve a dar en el clavo de las pesadillas, para convertirlas en opciones de una realidad que toma cada vez más matices. Nadie, en Colombia, ha sabido narrar la violencia con más exactitud que Evelio Rosero.

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