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Extractos de la biblioteca totoptero

Almada, Selva. El desapego es una manera de querernos. Bogotá: Random House, 2017. 291 págs.

Una vez casi fui vegetariano; o mejor, fui un vegetariano temporal: durante cuatro meses no comí carne. Si bien la decisión no fue totalmente tomada a causa de una conciencia del sufrimiento de lo animal (tuvo que ver con una cuestión de salud prioritaria) algo en mí se movió frente a la idea de entrar a una carnicería, ver los cortes de la carne, el olor de la sangre y la serie de cuchillos destajadores de huesos y cartílagos. Sin embargo, la decisión del vegetarianismo se cortó por mi llegada a una casa en la cual la dieta alimentaria era básicamente carne; ante la falta de dinero y la única opción de la carne como comida, mi vegetarianismo quedó en un vano intento. Al día de hoy, sigo sin ser vegetariano: el deseo siempre está en medio de lo cotidiano pero no me decido a dar el paso. Aun así es interesante que algo quedó de ese intento: no quiero entrar a la carnicería, no aguanto el olor a sangre; no siento orgullo de esto pero: mientras la carne esté aséptica en el plato, no tengo problemas en comerla. No me enfrento en mi comodidad urbana a la preocupación por los lugares en los cuales están los criaderos, los mataderos, el sufrimiento, los gritos y las vísceras; pero algo de vez en cuando me regresa a esos lugares. Esta vez, mi retorno a la posibilidad del vegetarianismo y el pensar en los lugares de los procesos de mi comodidad volvieron al leer el libro de cuentos El desapego es una forma de querernos, de Selva Almada.
La mirada de la selva que está en Selva
Este libro es una extraña reunión de cuentos que Selva Almada ha publicado a lo largo de su carrera y que fueron compilados en este libro después de una revisión de la autora. Es importante saber este dato, dado que es necesario entender que este texto no fue pensado como un libro de cuentos (que le daría cierto cierre) sino que se propone como una miscelánea variopinta que parece no cerrar nunca. Al inicio se puede ver una linealidad entre los cuentos contenidos en “Niños”, “Chicas lindas” y “En familia”, que parecen narrar una historia de corte autobiográfico (en un constante juego con la no-ficción y la auto-ficción) que se inicia con todo lo ocurrido en la infancia del personaje (que en algún momento se nombra como “Selva”); y que termina con el crecimiento, la madurez y cierta caída que se materializa en el momento en que es necesario asistir a los funerales de los familiares que mueren. Después de este trío biográfico (el caso de “En familia” es una compilación de siete historias entrelazadas), aparece el cuento largo “Intemec” (quizá el mejor de todo el libro) y una sección de “Relatos dispersos” que contiene nueve historias que no se relacionan entre sí.
Esta selección tan  amplia de historias hace que no sea posible hablar de este libro como un todo, sino que se construye como una variedad (a veces descoyuntada) de historias con diferentes estructuras, tipos de narración y propuestas temáticas. Sin embargo, en medio de esta variedad es posible encontrar ciertos elementos en común que ayudan a entender una especie de propuesta poética de Almada, y que se relaciona por momentos con su gran (y recomendada) primera novela El viento que arrasa. La primera de ellas tiene que ver con la reapropiación de un espacio narrativo que se había perdido para la literatura argentina (o que, al menos, estaba escondido bajo el afán urbano): la selva. Cuando pensamos en cómo se ha narrado la selva, quizá el principal referente de ese lugar sea Horacio Quiroga; cuentos como “Los Mensú” u “Hombre muerto”; mostraban un lugar narrativo exótico, escondido; lleno de temores y de aventuras sorprendentes; la selva se configuraba como un espacio de lo mágico y lo misterioso; un lugar para entrar con un machete y una linterna con pilas a medio agotarse. En su lugar, Almada muestra otra selva: la que está llena de grandes carreteras construidas como vías de acceso para las industrias; la de las multinacionales y las fábricas; la de trabajos en montajes e ilusiones de consumo; la de las entrañas de los productos que encontramos limpios en los mostradores de Carulla.
Lo más interesante de esta propuesta de Almada, es que no se centra en las formas en que la economía de mercado modifica los espacios de lo público, sino que busca cómo han cambiado las pequeñas costumbres, las relaciones de amistad, la familia, la conformación de las parejas, el amor. Es así que Almada en sus cuentos deja a un lado las historias, las tramas, las acciones que funcionan como motores narrativos y las deja oscuras, secundarias, casi invisibles. Es esta la segunda característica de la mayoría de sus cuentos: no parecen ser cuentos (en su forma clásica) sino que se asemejan más a aguafuertes de pueblos húmedos y solos, de casas en la mitad de carreteras que ven pasar las horas en una temporalidad diferente. Quien se acerque a estos cuentos con la esperanza de encontrar hilos narrativos que se desarrollen con la construcción clásica de principio-medio-fin, no hallará en estos escritos esa estructura; son relatos que se asemejan a las tramas de lo que en los noventa se conoció como “nuevo cine argentino”: pequeñas postales en las que se muestra un paisaje en movimiento. Es esta característica la que permite que cada uno de los apartados coquetee con la autoficción y el relato autobiográfico; no son cuentos en el sentido genérico de lo que se conoce como tal, son más bien relatos de descripción.
Vale la pena recalcar también dos elementos importantes en la construcción de los relatos de Almada. Primero es la aparición de metáforas muy bien construidas que aparecen como pequeñas semillas de imágenes que son novedosas y sorprendentes. Si bien la narrativa urbana ha creado una serie de relaciones de palabra que se han repetido en la literatura actual, al construir este nuevo espacio narrativo que es la selva actual crea metáforas que son increíblemente fuertes y evocadoras. Sin embargo estas metáforas no son constantes y persistentes en toda su narrativa: el lector las encuentra desperdigadas (casi debe cazarlas) en el texto, como pequeñas joyas que se esconden bajo muchas capas de descripciones planas o acciones uniformes y poco llamativas. (Abro una página al azar y aparece subrayado: “eran ojos vivaces, de mirar cerquita, de acechar manjar entre la basura” p. 61). La segunda característica de los relatos de Almada (de casi todos) son sus cierres: cierres precisos, con las palabras precisas que permiten resignificar todo lo que se ha contado en el relato, sin que por ello pasen por conejos sacados del sombrero, o finales sorpresa que pretendan impresionar al lector. Son finales sencillos, con palabras dichas al aire, acciones que significan más que hacen y posibilidades de apertura
que permiten que los relatos se abran hacia historias que apuntan al horizonte; son, a la larga, cierres que abren. Así, cada uno de los relatos de Almada construyen un mundo: extraño y cotidiano, sorprendente y rutinario; son cuentos de difícil lectura a causa de la eliminación consciente de la acción y de la expansión de las descripciones y los lugares de focalización fragmentarios. Ninguno de los relatos alcanza a rozar la maestría de El viento que arrasa, pero mantienen una espacialidad que se convierte en la marca estilística de la autora.

Así, al finalizar el libro, es posible ver desde otro lugar esos espacios que no representan la límpida pulcritud de la comida en estantes de supermercado, o no ven el campo como un espacio idílico que se visita por una semana para vacaciones. En El desapego es una manera de querernos, encontramos el campo que se vive, que permite relaciones en las que un esposo infeliz convive con su adonis adolescente (hijo de su mejor amigo) mientras su esposa duerme despierta bajo el sol, que deja ver el fútbol de las canchas de tierra, que presenta muertos al lado de la carretera, que encuentra a lisiados que construyen sus propias prótesis, muestra a jóvenes que viven de sacar las entrañas de los pollos, cuenta la vida de quienes deben viajar con un muerto a cuestas para pagar la indemnización que la empresa da a su padre. No encontramos la carne limpia del plato, en este libro se muestra cómo el animal muere para que podamos seguir con nuestra vida de supervivencia que se ha tragado la vida y la supervivencia de ese otro mundo que, estando tan cerca, desconocemos por completo.

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