Totopteca

Extractos de la biblioteca totoptero

Mazzucchelli, David. Asterios Polyp. Ediciones SinSentido: Madrid, 2010. 345 págs.

No suelo escribir sobre novelas gráficas. No he leído muchas. Empecé mi afición por los cómics tarde, cuando ya la mayoría de mis amigos reconocían la diferencia entre “Spiderman”, “Amazing Spiderman” y “Spectacular Spiderman”. La primera vez que intenté coleccionar cómics fue después de haber leído un par de revistas en inglés de “The Maxx” que habían llevado a Federico desde no-sé-donde. Ese extraño héroe que necesita psicoanálisis porque parece ser la recreación material de un deseo reprimido y un estrés postraumático después de un estupro paterno, me mostró las posibilidades del cómic. Así que con el nombre de Todd MacFarlane me acerqué a la revistería donde compré el número 1 de Spawn; seguí comprándolos semanalmente hasta el número 17 (puedo decir que tengo los 17 primeros números de un cómic, algo nada desdeñable) pero al llegar al 18, alguien comentó la salida del número 120 en Estados Unidos. Acostumbrado a novelas limitadas por un número de páginas puntual, dejé de comprar Spawn al ver que su existencia tendía hacia el infinito. Así que abandoné el cómic y volví a la literatura rusa del siglo XVIII que, no por larga, llegaba a la mitad de la posible extensión de Spawn. Cuando mi tarea de claudicar con los cómics estaba casi completada, aparecieron los amigos y me abrieron los ojos con sus novelas gráficas: Yody, Iván, Jaime, Tomás, Federico y Beto. Fue así como entré al mundo de Frank Miller, Etgar Keret-Asaf Hanuka, Dave Gibbons-Allan Moore, Chris Ware (y su inolvidable “Jimmy Corrigan, the smartest Kid on Earth”), Katsuhiro Otomo, Oesterheld, Carlos Trillo, Horacio Altuna, los incansables Neil Gaiman-Dave McKean, y podría seguir la lista. Las leo mientras almuerzo solo en la cocina; leo una hora y las continúo al día siguiente, como dejándolas pasar, como programas de televisión. Lo hice hasta hace poco, cuando apareció en mi vida una novela que no logré soltar hasta la última página, obsesionado y reflejado; absorto y gratificado: “Asterios Polyp” de David Mazzucchelli.
Nunca había escuchado de Mazzuchelli (había pasado por alto sus dibujos para “Batman: Año uno”), y encontrarlo ahora reevalúa de manera definitiva mi concepto sobre las novelas gráficas, como en su momento lo hizo “Jimmy Corrigan”. Basado en un acontecimiento al parecer semi-autobiográfico, “Asterios Polyp” cuenta la historia de un petulante profesor universitario que, tras la caída de un rayo en su departamento, debe reevaluar su vida. Si bien parecería una historia simple, la forma en la cual la aborda Mazzuchelli propone toda una modificación del pensamiento dicotómico hegeliano para proponer una idea de concreción y fusión desde lo empático. A medida que la simple historia de Asterios (el personaje principal) se complejiza, se empiezan a cuestionar las visiones filosóficas que utilizan la idea de la imagen reflejada, refaccionada o deformada; Aristófanes, los sólidos platónicos, la (…), aparecen como elementos de debate ideológico frente a dos concepciones del mundo: uno ideal-abstracto-dionisiaco contra uno real-tangible-apolíneo. En medio de esta propuesta de debate filosófico, se dan otras contraposiciones en el campo del arte: lo lineal vs lo plástico, arte factual vs arte ficticio, finalidad interna vs finalidad externa. Como se puede ver, la lucidez de Mazzuchelli está en utilizar estructuras dicotómicas para debatir justamente la idea del extremismo que conlleva la dualidad; podríamos decir que es casi una caricaturización del pensamiento que ha dirigido la modernidad representada en un personaje tangible y un fantasma narrativo. Las dicotomías de Mazzuchelli (en contraposición a las de Hegel) establecen paralelismos no-simétricos, y es justamente desde esa “simetría de la no-simetría” (o la simultaneidad de lo no-simultáneo) donde la idea de la única posibilidad de elección entre dos polos como principio organizacional, se empieza a quebrar. Todo esto, subrayado por excelentes representaciones gráficas y un establecimiento de las viñetas que sorprende por la conjugación de cada cuadro con las ideas ahí expuestas (No hablaré mucho de las líneas, los gráficos y demás. No conociendo este arte más que por costumbre lectora, siento algo de vergüenza de los conocedores). Pero lejos del debate ideológico que se plantea, el armazón narrativo se abre en muchas opciones lectoras desde las cuales es posible significar el texto: la historia de una relación de pareja, la historia del encuentro y la pérdida de tres objetos, la historia de un simulacro de hermano, la historia de lo trascendente y lo insignificante en el sexo, la historia de la familia media norteamericana, la historia de lo suntuoso del teatro, la historia de la muerte y el tiempo… todas estas lecturas (y más) encuentran su correlato posible. Todas las historias se encuentran presentes, no sólo en los diálogos o en el transcurrir del relato, sino en pequeños detalles de líneas, de colores o de distribución de la página que hacen de esta novela, una de las que, en realidad, explota en sus más altas potencialidades las características del cómic.
Después de leer una novela como la de David Mazzuchelli, es imposible quedarse impávido ante las formas no-convencionales (nombro a lo convencional pensando en cuentos o novelas literarias clásicas) de la literatura. Agradezco a Beto (¡un saludo!) que me nutrió con esta excelente obra y agradezco que, al haber estudiado un par de años de Diseño Gráfico, la vida me llene de sorpresas como esta. Mazzuchelli, un nombre más que se quedará, para mí, entre los grandes de la literatura. Espero poder encontrar más novelas como esta, y no me molestaría que en este espacio, lo gráfico tome el lugar que le pertenece.

Subscribe