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Extractos de la biblioteca totoptero

Lethem, Jonathan. Chronic City. Random House Mondadori: Barcelona, 2011. 443 págs.

Desde hace un tiempo vivo con una estadounidense, compañera de estudio. Compartimos un departamento junto con una gata y tres guitarras. Establecimos un día para practicar mi menoscabada pronunciación inglesa; la idea es comunicarnos en ese idioma durante todo el día (sin concesiones). Sólo hasta que empezamos el ejercicio idiomático de manera continua noté mis fallas en el vocabulario, la gramática y la pronunciación. Pero no sólo eso, el idioma se ha convertido en un tema de conversación constante: diferenciaciones inexistentes entre el inglés y español (el clásico to-be), el desplazamiento de objeto directo a objeto indirecto (el clásico “i want you”), cómo realizar traducciones literarias y demás. Y el tema me persigue: una chica me pide que le ayude a encontrar el paradero de un bus que (coincidencia) es el que quiero tomar. Esperamos cuarenta minutos, tiempo en el que me cuenta que acaba de asistir a su última clase como: ¡traductora literaria! Y ha sido después de todos esos momentos en que me doy cuenta que paso actualmente por un bache de textos extranjeros: la especialización de mis estudios en literaturas de habla hispana me ha llevado a la lectura y relectura de libros escritos originalmente en español y me ha obligado a dejar a un lado las novedades mundiales de Mondadori, TusQuets o Anagrama. Y las cosas se veían seguir así durante un tiempo largo hasta que la lectora más voraz que he conocido en mi vida (un saludo María), calmó mis ansias de novedades anglófonas con “Chronic City” de Jonathan Lethem.
Conocía la escritura de Lethem por textos anteriores como “Cuando Alice se subió a la mesa” “La Fortaleza de la Soledad” o “Motherless Brooklyn”; además por ser uno de los salvaguardas de la obra de Philip K. Dick (del que hace poco seleccionó y editó una monumental “Exégesis”). Quizá una de las razones por las cuales me gustaba tanto la escritura de Lethem era por su énfasis en un abordaje que tocaba el humor paródico en sus proporciones exactas: caminaba por una cuerda floja de la que siempre salía indemne. Hasta en la muy cruel (y perversa) novela de ciencia ficción “Muchacha con paisaje” lo lograba; siempre quise saber cómo lograba escribir estos libros desopilantes a partir de historias mínimas, íntimas. Con “Chronic City” ha dejado a un lado ese espacio de lo íntimo explotado a su máxima expresión, para entrar en el grupo de escritores norteamericanos que quieren escribir la gran novela newyorkina [el corrector ortográfico dice que debo escribir neoyorkina, nueva palabra]: ese mismo sueño de ser DosPasos y escribir “Manhattan Transfer” (Franzen, Tom Wolfe, la lista se sigue) y en ese paso ha perdido más de lo que ha ganado. Lethem cuenta la historia de Nueva York desde un personaje marginal, que sale de lo convencional desde una condensada y confusa forma de ver el mundo. Como si fuera un fractal parecido al laberinto de Minos, el cerebro de Perkus Tooth [el antihéroe de Lethem] abre puertas durante toda la novela y crea conexiones (algunas coherentes, algunas absurdas) que llegan a tocar hasta al nadaísmo. La novela es expansiva más que intensiva: las largas conversaciones en las que los personajes fuman cantidades ingentes de marihuana, ensanchan la novela hasta desconyuntarla. Aunque el problema no es esa expansión desbordante, en realidad es la resaca de marihuana la que molesta: pasado un capítulo hiperreferencial y complejo que se espesa en medio de las nubes del “pot chronic”, se sigue otro que guarda una lejana relación con el anterior y que pareciera se parte de otra novela. Acostumbrado a novelas que se cierran sobre sí mismas, o que se abren para cerrarse, la novela de Lethem pareciera que tiene más hilos sueltos que tejido en urdiembre. Ahora, si me fuera posible separar algunos elementos de la novela en historias individuales, creo que estaría escribiendo algo totalmente diferente. La idea fabulosa de los calderos como tesoros inmateriales, la emocionante y patética vida en los hoteles de perros, el tigre que destruye aleatoriamente partes prescindibles de la ciudad, las cartas de la astronauta Janice Trumbull atrapada en la estación internacional, la niebla gris que obliga a mudarse y hace a Manhattan cada vez más pequeña, la versiones “No war” del New york Times, los falsos (¿reales?) Fiordos que se abren en plazas y bosques, la actuación natural y los guionistas sombra… todas estas historias aparecen como desarrollos fenomenales y espeluznantes en la novela de Lethem. No sé muy bien porqué la insistencia de esa especie de “novela total” con la que muchos escritores estadounidenses están obsesionados, cuando en este libro es posible encontrar excelentes historias cortas que podrían ser narradas de manera fenomenal. Pero las conexiones grandilocuentes no sólo cubren la idea de novela total: la hiperreferencialidad del texto sorprende. Acabo el libro con un sinsabor extraño, Lethem logró meter en un solo libro una especie de receta perfecta para hacer la novela de la década en New York: un personaje a lo Ignatius Reilly, una resolución típica de Philip Dick, una ambientación que nada tiene que envidiarle a Paul Auster, referencialidades de cultura popular a lo Chabon (aunque ya Lethem había demostrado su poder en “La Fortaleza de la Soledad”), misterios existenciales que rozan lo filosófico, lo metafísico y lo místico a lo Murakami, bromas inteligentes a lo Kurt Vonnegut… y con todo eso no es una novela que me logre encantar como lo hicieron conmigo todos los anteriores autores y libros. A pesar de sus 450 páginas, el espacio queda corto para tan abarcadora tarea que se propuso Lethem; por eso disfruto más sus novelas cortas como “Muchacha con Paisaje” o “Cuando Alice se subió a la mesa”. O quizá no entendí
nada de fondo, y me parece extraño que el New York Times la elija como la mejor novela del 2009 y le achaco tal decisión a que se cuidan las espaldas porque de repente Lethem se convirtió en el chico New Yoker por excelencia.
O quizá los elementos se pierden con una traducción (española, obviamente. Un par de “¡cojones!” desentonan, aunque se ve el esfuerzo de traducir en un castellano un poco más neutro que en los libros de Palahniuk, por ejemplo) que no logra pasar efectiva y realmente palabras-ideas-guiños como Chronic, Insteadman, Obstinate Dust. En el caso de esta última los traductores logran hacer ese guiño Lethemeniano (acabo de inventar esa palabra), al traducir el título del libro como “La bruma indistinta” en la cual mantienen la relación con “La broma infinita” de David Foster Wallace (Ralph Warden Meeker en la novela). Pero así como logré encontrar unas cuantas relaciones (muchas de ellas encontradas por cortesía de mi roomate) perdidas en la traducción, ¿cuántas habré perdido? seguro muchas. Mientras sigo con mis clases de inglés (que pretendo seguir hasta darme cuenta que para aprenderlo realmente tengo que viajar) seguiré con traducciones varias y perdiendo la mitad de las aperturas lingüísticas de mis autores angloparlantes favoritos. Al menos ahora con un pequeño grito puedo preguntar una que otra duda y aclarar las polivalencias del lenguaje. Cuando empiece un libro de Murakami, intentaré mudarme con una japonesa.

1 Acotaciones:

Carlos dijo...

Siquiera que entre las lecturas de la academia, se le pudo colar esta novedad que acá no se ha visto. Extrañaba leerle.

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