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Extractos de la biblioteca totoptero

Gorodischer, Angélica. Floreros de Alabastro, Alfombras de Bokhara. Planeta/La nación: Buenos Aires, 2002. 143 págs.

No prestar libros es una de las normas básicas de cualquier persona a quien le guste tener una biblioteca. Afortunadamente tengo fama bien merecida de cuidar los libros ajenos más que los propios y de cuando en vez me sueltan una que otra joya. Yo, haciendo caso a la norma, presto pocos libros: cuando lo hago es a personas que sé que los cuidan mucho; eso lo aprendí cuando “Desayuno de Campeones” de Kurt Vonnegut volvió a mis manos como una cartilla ajada después de pasear por el oriente de Colombia momento en el cual dejé de prestar libros a ese amigo (en realidad le presté hace poco “El Eternauta” y casi lloro al verlo semi-destruido en su casa). Hace un tiempo prestaba libros cuando estaba borracho: de esa mala costumbre quedó la desaparición de un tomo con el cual aún sueño: “Novelas Escogidas” de William Irish (o Cornell Woolrich, llámenlo como quieran). Recuerdo fumar con alguien en medio de una borrachera, hablarle sobre Hitchcock, Bogart, y la novela negra; caminar hacia mi cuarto, sacar el libro y entregarlo; todo es claro, menos la identidad del sujeto a quien se lo presté. Doy el libro por perdido, me parece una conclusión poética: no encontrar las pistas para hallar un libro de detectives. Había olvidado esa escena porque había dejado atrás lo detectivesco (creo que lo último que leí fue “Los tipos duros no bailan” de Mailer), pero ahora lo reencuentro cuando creyéndola una novela de literatura fantástica me encuentro con “Floreros de Alabastro, Alfombras de Bokhara”, de Angélica Gorodischer.
En las entrevistas en las que habla de la escritura de “Floreros de Alabastro…”, Gorodischer nombra constantemente la voz de Raymond Chandler y recuerda la primera vez que leyó “La dama del lago”. Y es preciso retomar esta conexión con Chandler, porque justamente una de las grandes fortalezas del libro es la voz narrativa que supera, por enormidad, cualquiera de los otros aspectos de la novela. Siempre me había interesado la cualidad narrativa que los críticos daban a Chandler y que, decían, se perdía en las traducciones. Sólo pocas veces logré observar un acercamiento a las versiones originales de “The Long Goodbye” y recordé la fluidez de su narración ahora con el libro de Gorodischer porque, tanto en Chandler como en la autora rosarina, es posible ver un trato especial del habla, la ironía y el humor. Desde las primeras páginas de la novela, la fuerza de una primera persona totalmente provista de un punto de vista, una personalidad y una moral específicas, dirigen un argumento que se pierde entre las confusiones de ciudad de México y escenas poco verosímiles. La objetividad es, entonces, terreno prohibido. La explosión lingüística del personaje principal da a la novela un tono en el cual el filtro de lo subjetivo está atravesado por los múltiples zarpazos de ironía con los que está cargado el texto. Y es que si de algo se vanagloria la narradora/personaje es de “saber leer las personas y las situaciones”, cosa que hace durante las casi 150 páginas del libro. El gran gusto del lector no está atravesado por el descubrimiento de un crimen o el hallazgo de un objeto perdido (a lo Sam Spade), sino por la manera en la que se desenvuelve en situaciones inesperadas, difíciles o simplemente incómodas. Por ello el crimen básicamente no existe en esta novela policial (extraña contradicción) sino que se arma desde la unión de fragmentos y momentos de los cuales la protagonista sale de una u otra forma. El argumento (elemento que se convierte en algo anecdótico y por momentos superficial y artificial) es casi inexistente, los personajes secundarios se convierten en meros elementos de contraste, la tensión argumental se doblega ante las genialidades de los diálogos y la ciudad misma (no cualquiera, el mismísimo D.F.) pareciera existir por y para la narradora. Por otro lado tenemos una característica que no es menor: el libro se centra en una protagonista femenina. El giro dado por Gorodischer al incluir un personaje “a lo Marlowe” pero femenino, le permite ubicar las acciones por fuera del límite de lo físico-rudo para incluirlo en lo ambiental-sugerido. Es decir, las armas favoritas de los policías corruptos de los cincuenta: la colt 45 y los puños, aparecen intercambiados por páginas en las cuales hay una cuidadosa elección del vestido y el perfume, junto a un análisis social preciso que hace que la protagonista quede siempre en ventaja. Por otro lado, la elección de una mujer que durante la novela se convierte en abuela, le permite también desplazar la pareja cliché detective/damisela en peligro, por una variedad de relaciones con sus hijas (la familia es un elaborado matriarcado), sus futuros nietos, sus pares y los personajes secundarios que abundan para matizar ese centro imantado que es la narradora.
Acostumbrado a las novelas policíacas en donde un detective debe restablecer el orden roto por un crimen (mea culpa: lector asiduo de Hammet, McDonald, Chandler, Woolrich), o donde se subraya la criminalidad de un orden imposible de resarcir (mea culpa 2: Jim Thompson –fabuloso “Pop 1280”-, Mailer, Vernon Sullivan –Boris Vian- o los siete tomos de “Sin City”); una novela como “Floreros de…” no deja un buen sabor en la boca. Es innegable la maestría con la cual Angélica Gorodischer escribe su novela, la cantidad de vericuetos que transforma cambia y establece, la impresionante voz narrativa que maneja; aún así, me hace falta un argumento atrapante, una némesis compleja e inteligente, un laberinto en donde se juegue la cordura del personaje. Acosado por televisivos investigadores médicos y forenses, creo que debo hacer el esfuerzo de encontrar el placer en la voz y no en el misterio; pero mi afición por los clásicos no me lo permite tan fácilmente. Es así que debo empezar a elaborar intrincadas historias para no prestar más libros a quienes los descuidan, o cuando me encuentro algo alicorado… porque el argumento de cómo y cuándo perdí ese pequeño tesoro de las “Novelas Escogidas” de William Irish, es tiempo pasado, historia clásica, una serie de pistas imposibles de descifrar.

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