Casas, Fabián. Ensayos Bonsái. Emecé/Cruz del Sur: Buenos Aires, 2010. 227 págs.
La diferencia entre escritos y escritores será siempre un tema de conversación cuando se llega al momento de las soluciones bizantinas; extrañamente, utilizo siempre un ejemplo de pintura: “Van Gogh no hubiera sido amigo mío”, digo. No sólo porque posiblemente me hubiera parecido demasiado raro, sino porque los escritores se forman en grupos, cónclaves, amistades y tratos secretos que manejan reglas y códigos propios. Hace un par de años me movía un poco por el mundo de la escritura en Colombia y veía todos los tipos de “potenciales escritores” y sus comportamientos. Entre ellos siempre me llamaron la atención los que creían que eran escritores porque vaciaban las barras libres de los lanzamientos de libros, aquellos que mantenían el silencio como mística (incluso en la escritura), aquellos que insultaban a todos queriendo simular irreverencia, los que se quejaban de las editoriales y las instituciones porque no los tenían en cuenta, quienes no eran capaces de decir lo que pensaban por miedo a incomodar, los que sobrevaloraban su escritura frente a los grupos de chicas, los que tenían en sus casas tesoros invaluables que nadie había visto… es así que los grupos se arman y se desarman según conveniencia y presencia de contertulios. Un tiempo después de intentar entender cómo funcionaba todo ello, me di por vencido y dejé de interesarme por ello. Y al llegar a Argentina veo que las complejas relaciones
entre escritores son casi innatas (“tribales”, diría el amigo Jimmy), y lo noto cuando al acabar de leer un libro de Cesar Aira, Fabián Casas me recibe con: “Aira le hizo mucho mal a la literatura (…) de Operación Masacre a Operación Ja, ja.”, en su libro “Ensayos Bonsái”.
A pesar de que me gusta la narrativa, terminan en mis manos dos libros de Fabián Casas: uno de ensayos y uno de poesía. Leer “Ensayos Bonsái” representó para mí una lectura sincrónica con “Horla City y otros”; y también la entrada a una idiosincrasia literaria argentina que no conocía. Al igual que sucede con los libros de cuentos, no es posible hablar de un nivel único en todo el libro: hay en él entradas de blog, escritos personales, crónicas de fútbol y crítica literaria. Me sorprende saber que un libro como “Ensayos Bonsái” se publica en físico, dado que se me antoja una compilación de entradas de blog (como éste), pero de diferente factura. Si bien la mayoría de los ensayos (¿entradas?) tienen un corte más cercano a lo periodístico, Casas inserta en sus escritos pequeños lujos metafóricos que enriquecen los pensamientos. Después me veo en la inestabilidad de encontrar esos mismos chispazos de lucidez en sus poesías (frases como la excelente: “todo lo que se pudre, forma una familia”); es así que hallo en el diálogo de los dos textos una especie de mirada del texto en construcción: cómo un comentario en blog se convierte en palabra poética. Quizá mi afición por la narrativa en todas sus formas me haya quitado el placer de entrar a Fabián Casas desde una perspectiva mucho más cercana (ahora en la lista de ‘por leer’ está “Los Lemmings”), pero los ensayos si bien son lejanos para mí, me acercaron a otra lectura: a la de la formación. Empecemos por decir que, una de las características que se ve en Casas es su claridad de límites, no sólo por las reminiscencias al barrio Boedo, sino a una categorización de campo literario que lo atraviesa: Pescado Rabioso, los hermanos Lamborghini, los Redondos de Ricota, San Lorenzo de Almagro y las películas de Al Pacino atraviesan como tema medular la mayoría de los escritos. Es así que casi se puede tocar el espacio artístico que propone en sus ensayos y se reafirma en su poemario. Pero la forma en la cual atraviesa todos estos temas tiene saltos en los cuales pasa de la pregunta teórica-metódica, a las charlas de cerveza con amigos. Este devaneo, si bien confuso al inicio, termina convirtiéndose en una marca de escritura: el texto se queda en el espacio intermedio entre comentario al aire libre y propuesta académica. Pero el devaneo no es solo propio del estilo de escritura, también los temas que desarrolla tiene saltos esporádicos que, como los de las pulgas, se producen sin que pulga u observador sepa bien dónde va a caer. Ejemplo de esto es la serie de crónicas “Waiting for the mundial” escritas para Mal Elemento y que cuentan –hipotéticamente- los partidos de la selección argentina en el mundial de Alemania 2006; en los cuales se termina hablando de Pessoa, Pol Pot o Rafael Nadal. Si en algo no hay un devaneo es en la construcción de un espacio físico específico y ese espacio es el Barrio Boedo. La construcción extrañamente no se realiza desde los grandes temas sino desde la inserción de pequeños comentarios en medio de los ensayos, que van formando un ambiente que, al volverse recurrente, se densifica hasta conformar mitos propios. Si bien debo admitir que me hubiera gustado empezar por algo más narrativo (debo admitir que un gran número de ‘idiosincrasias’ me fueron ajenas y nunca las entendí… ¿qué es “no toca botón?”), el libro de ensayos de Casas me permitió ver cómo se construye la casa antes de entrar en ella. ¿Eso es bueno, malo?, no lo sé en realidad, pero quedo con la certeza de que literariamente cada vez estoy más cerca de San Lorenzo de Almagro, y que es posible que no tarde mucho para mirar sus partidos y preocuparme por una que otra llegada del rival. Para finalizar, recomiendo especialmente los ensayos (¿entradas?) sobre literatura [uno de ellos, sobre Andrés Caicedo, me dio una mirada diferente –externa- sobre el escritor caleño]: el de T. S Elliot, el de Oswaldo Lamborghini, el de Leónidas Lamborghini, de Beckett, de Alemian, de Daniel
Durand; por momentos me preguntaba si algún día las entradas de este blog podían tener la sinceridad descarnada que Casas subraya en cada uno de estos ensayos.
Fabián Casas me ha mostrado un lado de la literatura Argentina actual. Seguro ahí existen grupos, escritores que se hermanan con escritores, odios y amores, amistades rotas y envidias disimuladas. Pero ahora no me preocupa entender o tratar de desenredar los nudos creados desde la dualidad de Boedo y Florida con Borges y Arlt a la cabeza. Estoy en estado de sorpresa esperando ver cómo se desarrolla esa nueva literatura ante mis ojos sin preguntarme por qué algunas de las entradas del libro de Casas ya las había leído publicadas en el blog de Pedro Mairal; o cuál es la amistad que cruza a Kohan con Chejfec. Si Casas puede hablar de Elliot y mezclarlo con Carlos Castaneda, me considero ahora libro abierto que está dispuesto a recibir, leer, sorprenderme y, por qué no, tener más conversaciones de soluciones bizantinas sin tener que recurrir al viejo ejemplo de Van Gogh.



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