Palacio, Pablo. Un hombre muerto a puntapiés/Débora. Final Abierto: Buenos Aires, 2009. 150 págs.
¿Cuánto sabemos de nuestros vecinos? Ecuador. Conozco poco Ecuador. Las únicas referencias posibles llegan a través de imágenes desconfiguradas: un gringo borracho vomitando en la mitad de la Avenida Amazonas, el sonido ensordecedor de la cascada Peguche que me hizo escuchar por primera vez el grito desgarrado de la naturaleza, la mejor cerveza fría de mi vida (con mi familia, en Ibarra, al lado de un taller mecánico), un misterioso hostal en Quito que me causó escozor, ver un discurso presidencial en el último piso de un hotel en Otavalo, la tranquilidad manifiesta de una tarde en Chachimbiro, la búsqueda infructuosa de unas pastillas en las calles de Tulcán, las llantas del carro que dejan su marca en una carretera cerca a Atutanqui anunciando un choque que no fue, sentarse una hora entera a ver la nieve de Guagua Pichincha, la primera fiebre a los cuatro años que exige papas cocinadas en las playas de Esmeraldas. Y sobre todas esas imágenes, una sobresale: 13 años, Febrero, escapar del carnaval del agua entrando a almacenes, preguntar por libros ecuatorianos, escuchar una y otra vez la respuesta eterna de “Huasipungo”, pensar que algún día encontraría otro, uno que me mostrara una cara diferente del país. Y hoy, casi veinte años después, ese “algún día” llega cuando leo y releo las páginas de “Un hombre muerto a puntapiés/Débora” de Pablo Palacio.
Es difícil conseguir libros de Pablo Palacio. Además de la recopilación de la Editorial Ayacucho (no on-line), vale la pena subrayar el esfuerzo de la Editorial Final Abierto por recuperar en esta edición dos de sus obras más emblemáticas: la colección de cuentos “Un hombre muerto a puntapiés” y la novela corta “Débora”.
Quizá una de las razones por la cual es tan complicado encontrar libros de Palacio es porque no es un autor fácil: enmarcado dentro de la vanguardia latinoamericana de los años 20 y 30, Palacio plantea los interrogantes propios de la llegada de la sorprendente modernidad a las (aún coloniales) ciudades latinoamericanas. Pero no es este hecho contextual el que dificulta la lectura de Palacio; la complejidad pasa por dos momentos uno temático y otro enunciativo. El temático tiene que ver con la idea de observar al ser humano como desecho, excreción, excremento de sí mismo, o como lo dice en el epílogo a su libro de cuentos como “un bolo de lodo suburbano”. Si bien esta idea de lo abyecto (que analizaría Julia Kristeva 50 años después) forma parte de la propuesta vanguardista, lo que hace Palacio es normalizar la abyección y convertirla en algo familiar y cercano. Es así que los personajes abyectos se presentan como quienes realmente están dentro de los límites de la normalidad; este corrimiento de la frontera deja, por oposición, a los aparentemente normales como los abyectos. La forma en la que presenta Palacio a sus personajes está mediada por una narrativa cercana al realismo exacerbado: mientras Virgilio Piñera en “La Carne” dice que “se ruega no dar descripciones”; Palacio retomando un tema similar en “El antropófago” exige y muestra esos pormenores. Y si bien la abyección como elemento disruptivo en la literatura ha funcionado en la vanguardia latinoamericana en muchos niveles, Palacio la desarrolla de otra manera debido a la inserción de una pregunta dirigida al lector: ¿en cuál de los dos grupos está?, ¿en el normal?, ¿en el abyecto? Dado que Palacio hace un enroque de estos dos conceptos, el considerarse normal conlleva la identificación automática con estos monstruos sociales, con estos bolos suburbanos. Es así que Palacio, con un grado de perversión narrativa muy fuerte, mueve al lector entre estos dos mundos haciendo que la pregunta por la identidad esté presente a través de la ironía y un humor poco sutil. Y es así que se une al elemento temático el enunciativo, porque Palacio no se conforma con sugerir la pregunta, sino que la realiza explícitamente al lector. Esto hace que los narradores del escritor ecuatoriano utilicen constantemente interjecciones al lector, comentarios y acotaciones varias que modifican el narrador y hacen aparecer nuevas formas de escritura (una crónica roja que es una narración, que es una declaración, que es un diálogo, que es un cuento…). Pero estos narradores irónicos, explícitos en la escatología, cambiantes, provocadores y bromistas; están armados sobre una base estructural: la lógica. El tono de la mayoría de los cuentos de Palacio están circunscritos a las ciencias que trabajan con verdades absolutas: biología, matemáticas, ciencias naturales, criminología, medicina; es así que Palacio realiza una puesta en escena de un discurso lógico (normal) el cual bombardea con absurdos y contradicciones (abyecto), el resultado literario de esa combinación es la exposición acentuada de las fisuras como única forma de entender la materia completa. Antes de terminar, vale la pena recomendar en especial la lectura de un cuento como “Un hombre muerto a puntapiés” (burla metódica a la pérdida de los límites entre imaginación y realidad desde una perspectiva detectivesca), “La doble y única mujer” (Uno de los puntos más altos del libro: la observación de la monstruosidad de siameses unidos por el cerebro, llevado a una pregunta por el papel del poder) y “Relato de la muy sensible desgracia acaecida en la persona del joven Z” (cómo hacer un relato con la estructura, lenguaje y metáforas de las historias clínicas). Capítulo aparte merece la inclasificable novela “Débora”: el paseo de un policía por la ciudad de
Quito, devela la problemática de la modernidad y crea preguntas sobre la escritura, desde la escritura. Además, el uso de herramientas que treinta años después describirán como “novedad” en “Tres tristes Tigres” de Cabrera Infante, le da un nivel de complejidad y de perfección estilística que pocas veces había visto antes.Al terminar el libro, no quise devolverlo tan rápido a la biblioteca de mi amiga (sigo robando libros a May –¡otro saludo!-), había tanto para leer en esos textos. Recordé que los pocos a los que les había escuchado hablar de Palacio se quedaban sin palabras y sólo acertaban a decir que lo leyeran. Pues bien, ahora sólo me queda decir eso, si no han leído el excelente escritor Pablo Palacio: léanlo. Porque ahora ya un recuerdo sale disparado de mi cabeza (pensar que algún día iba a encontrar un autor ecuatoriano que me mostrara el otro lado del país), y en su lugar se instala uno más satisfactorio: el de un Teniente que ahora es huésped de mi cabeza, que camina por San Marcos en Quito y toma una cerveza con su familia, vomita en la Avenida Amazonas, oye el ruido de la cascada Peguche, descansa en Chachimbiro y se despierta en el último piso de un hotel de Otavalo. Gracias a Palacio, ahora en mi cabeza otro país se ha convertido en literatura.



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