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Extractos de la biblioteca totoptero

Aira, César. La Guerra de los Gimnasios. Planeta/La nación: Buenos Aires, 2002. 142 págs.

La primera vez que lo pensé, fue por el comentario de Beto: cuando se está en otro estado de conciencia y se ve una película mala, uno no sabe a ciencia cierta si es mala y pretende ser buena, o es irónicamente mala, es decir: exagera con el propósito de burlarse de otras similares. A partir de ese momento, la idea de la maldad inocente o buscada no deja de aparecer en mis lecturas. Hace poco la idea volvió cuando descubrí la existencia del vocablo inglés “cheesy”, intraducible al español, y que describiría de cierta manera un movimiento similar en el cual se pretende ser bueno cuando se es malo por lo que se convierte en bueno y malo… intraducible. Esta idea de estética me ha traído problemas al caracterizar un libro, porque mi lectura se mueve en el límite del cine serie B, el cine arte y lo hollywoodense. Justamente por eso no escribí cuando leí “Cómo me reí” o “El Congreso de Literatura”; pero ahora que ha llegado a mis manos “La Guerra de los Gimnasios”, me atrevo a hablar un poco de César Aira. La primera referencia que tuve fue un comentario en el cual se señalaba que publicaba demasiado (más de 60 novelas, a veces 4 por año); como mal lector, lo prolífico de su escritura me llamó a engaños y mi inconsciente decidió que era malgastar tiempo y dinero. Después leí “La cena” casi por obligación y la sorpresa me llevó a reevaluar al escritor -como debe ser- desde la lectura; ahora, con “La Guerra de los Gimnasios”, confirmo su agridulce atracción.
Cuando se habla de la literatura de Aira se la adjetiva como “inclasificable”, ello no sólo se debe a que sus obras pueden tratar de temas tan disímiles como el siglo XIX, Orientalismos, invasiones zombies o clones de Carlos Fuentes; sino porque en una misma novela puede pasar de una remembranza de juventud a un gusano gigante que ataca Pringles. Lo que caracteriza a la obra de Aira, se establece por su concepción de “procedimiento”: la literatura no como un objeto que es el resultado de un proceso, sino como un procedimiento en sí, inacabado, abierto. Algunos lectores ven en esta propuesta un atisbo de improvisación o de falta de seriedad, pero no es así: el escritor argentino logra adaptar géneros grandes y mezclarlos con argumentos hollywoodenses o con los llamados “géneros menores”; todo ello unido bajo una capa de estilo depurado en la escritura. En “La Guerra de los Gimnasios” el libro inicia con una escena propia de películas de karate que después se convertirá, sutilmente, en una crítica al realismo literario (con su correlato: la ficcionalización televisiva) y a la condición de pobreza en Latinoamérica. Esta transformación sutil se logra gracias a acotaciones simples que páginas después se convertirán en puntos de quiebre para el desarrollo del argumento. Bajo una máscara de simplicidad narrativa, hay un trabajo de filigrana con la palabra y con la propuesta estética. La apuesta que hace Aira es la de una rarificación literaria tan grande que se dirige rápidamente a lo inverosímil: mientras en los talleres literarios presionan por una verosimilitud obligada, Aira toma el camino de un extrañamiento extremo que (similar, pero no igual al distanciamiento –Verfremdungseffekt– de Brecht) obliga al lector a tomar una distancia crítica de la trama y observar qué pasa más allá del texto. Lo que está más allá es el acto mismo de la escritura, su procedimiento. Es así que a medida que el argumento se rarifica aparecen dispersas, en boca de los personajes, las preguntas fundamentales de la novela. Si pudiera apuntar un par de ellas propondría: ¿cómo debe ser la literatura en un momento en que la estética televisiva propone un espacio de pura distracción?, ¿tiene lo real la cualidad de “realidad”, o es ese un lugar ya tomado por lo ficcional? El afán de lo literario-testimonial ha construido una visión de lo-que-debe-ser-la-literatura que deja al carácter ficcional cada vez más de lado. Las extensas bibliografías al final de las novelas son casi necesarias en una literatura que exige en la actualidad lo investigativo como herramienta anterior al libro; Aira, al tomar el otro camino, el de lo puramente imaginativo, exalta hasta sus extremos lo insólito (gigantes, orejas que crecen, cerebros duplicados, barrios apocalípticos) hasta convertirlo en chocante. Ante estas hipérboles quedan dos opciones: la risa o la indignación; la indignación llevará a un corte en la lectura, la risa conlleva a un replanteamiento como lector y a un análisis posible, o no… puede llevar simplemente a la risa, posición que tampoco es errónea. Ante esto se me puede tachar de exceso de interpretación o demasiado benevolente con ciertas obvias incongruencias del texto en las cuales un “nunca lo haría” se sigue fácilmente de un “lo hizo”: prefiero imaginarlas como incongruencias pensadas y no como errores de escritura. En el texto, el afán por romper límites entre los niveles poético-metafóricos y descriptivo-realistas hace que “siempre parezcan metáforas, hasta que resulta ser literal”.
Y es cierto para mí: las metáforas resultan ser literales. Vivo en el barrio de Flores, y muchos de los libros de Aira ocurren en Flores. Aira nombra la calle que veo todos los días al asomarme por la ventana, la esquina en la que compro verdura y otra en la que me deja el colectivo. Todo en “La Guerra de los Gimnasios” ocurre ahí, en la calle que camino a diario. Pasaba en estos días cerca a la calle Gavilán y le comentaba a una amiga sobre el libro que leía, le decía: “en el libro de Aira, a mediados de esta calle pasan cosas, en un bar que se llama…”, “¿El Granero?”, me interrumpió. Al alzar la vista ahí estaba, un letrero gigante que anunciaba “Bar: El Granero”. Entonces la escritura y la ficción y la realidad y todo ese cuento que el escritor argentino me contaba, se volvió pura y mera literalidad y literariedad (las dos al mismo tiempo). Por un momento, todo podía ocurrir: un karateca rompiendo vidrios, gigantes que se volvían microscópicos, hombres vestidos de mujer cayendo de balcones, shows de títeres vistos por motociclistas agremiados, la ciudad destruida, Flores apocalíptica. Después un golpe me trajo a la realidad: a mi lado un linyera se cubría del frío invernal con un par de cobijas, y esa imagen fue ficción que se volvió realidad que era ficción. Emergieron como gigantes las villas de Bajo Flores, con su carga de supervivientes que me gritaban al oído: “La metáfora no existe. La transformación es real, más real imposible porque ahí se termina la realidad”.

1 Acotaciones:

Laura Ponce dijo...

Muy interesante el comentario. Tengo (¿tenía?) el mismo prejuicio frente a los libros de Aira, que eran muchos, que cantidad y calidad rara vez van de la mano, y que quien escriba tanto probablemente no lo hace con demasiado cuidado. Pero tu comentario me hace repensar eso y quizás empiece justamente por "La guerra de los gimnasios" :-)

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