Hernández, Felisberto. Las Hortensias y otros relatos. El cuenco de Plata: Buenos Aires, 2009. 217 págs.
Mi hermana me ha dado buenos consejos. La mayoría de esos consejos buenos han partido de recomendaciones que se hacen al pasar, como frases sueltas que se cazan en el aire: “ ‘Blade Runner’, la recomiendo”, “vale la pena Pink Floyd”, “¿y si te pagan por leer?”, “te presento la Blaa”. Otra de esas recomendaciones fue una frase de Saramago; la parafraseo: “La insatisfacción fue puesta en el corazón de los hombres por Dios y es eso lo que nos hace a su imagen y semejanza”. Y si aquello que nos acerca a la divinidad es el “i can’t get no satisfaction” de los Rolling Stones; entonces ya es hora de volver a ser atávicos, porque la insatisfacción está más que perfeccionada. Por mi parte, la insatisfacción siempre me llevó a huir: de la casa donde nací, de la ciudad en que crecí, de la mole urbana en la que aprendí, del país que cargué. Ahora que me encuentro lejos de esos topos desgastados -por ser ya vividos-, la insatisfacción me sigue llevando a otros espacios. Y si bien la insatisfacción tiene este absurdo peso simbólico del deterioro y la entropía, trae consigo la bizarra ilusión del por-venir. Así que
ahora me permito idealizar un nuevo lugar: Uruguay. Uruguay como el espacio del que todos salen, del negro Rada, el país de la eterna humildad, de Mateo Solo, de los barcos oxidados, del candombe en carnaval, de Fernando Cabrera, de la calle Belvedere. Y la buscar las razones de mi nueva idealización, encuentro a Onetti, Vilariño, Quiroga, Somers, Levrero; pero al final, toda mi emoción está resumida y atada a un solo nombre: Felisberto Hernández.La primera vez que leí un cuento de Felisberto fue hace mucho (algo que tenía que ver con un cigarrillo) pero nunca volví a leerlo hasta que ahora, sin narrativa a la mano y con una roomate con biblioteca (¡un saludo May!) tomé prestado el texto de Hernández y lo que leí me dejó sin aliento. El libro editado por El Cuenco de Plata cuenta entre sus páginas, además de los cuentos, la novela corta “Las Hortensias”: una joya imprescindible. Tanto en la novela como en la mayoría de los cuentos, la propuesta de Hernández se arma desde la rarificación extrema hacia la extrañeza de la realidad (no es gratuita la identificación y admiración de Cortázar por Hernández en “Carta en mano propia”). Me explico: Hernández opta por un universo básicamente dicotómico: en cada una de las esquinas de ese mundo plantea tanto a lo real como a lo raro. En un juego de damas chinas, los elementos se intercambian y se transmutan a su opuesto aparente, pero la novedad se produce cuando quienes cambian en el trascurso del desplazamiento no son las posiciones, sino los elementos. Los cuentos, la mayoría narrados en primera persona, toman la experiencia de lo subjetivo como el elemento al cual el lector puede amarrar el único constructo de orden y lógica; esa subjetividad se convertirá, con el paso de la lectura, en la verdadera motivación y razón para la rarefacción. La movilidad sutil, pero marcada y subrayada en su calidad de sorprendente, deja al lector en el terreno de lo intermedio: lo onírico o lo inexplicable. Así, la partida de damas chinas nunca termina porque las fichas, en la mitad del tablero, cambian de color y la estrella de seis puntas se convierte en una espiral. Lo sorprendente del autor uruguayo es que hace todo este juego de desplazamientos y licuefacciones manteniendo una lógica argumentativa completa: todo pasa como si estuviéramos leyendo una novela balzaciana (volviendo a Cortázar: recuerden el vómito de los conejitos). El juego inicial que nos propone esta literatura es la búsqueda de sentido, pero terminamos derrotados por dudar de la existencia misma del la búsqueda o del sentido. Las herramientas con las que cuenta Felisberto para crear esos intercambios son tan variadas como el sueño, la magia, la lógica, las fantasmagorías o la ciencia (un cuento como “Muebles el Canario” es fácilmente leído en clave de Ciencia ficción); pero no feliz con esto, esas herramientas también se transforman. En la obra maestra “Las Hortensias”, lo gótico da lugar lo psicológico, para desplazarse a lo social y terminar en lo técnico (Hortensia y María como una torsión de las dos Marías de Thea Von Harbou y su “Metrópolis”). Hernández nos presenta personajes obsesivos, bipolares e imposibles de descifrar; mundos al borde de la entropía y familias acosadas por enfermedades degenerativas. Extrañamente, el mundo está presente como aquello que sobra, el excedente de las relaciones perversas entre los humanos. Nunca funciona como algo concreto sino como sonidos (ruidos de máquinas), gestos (puertas que se abren desde la calle) o estorbos (el hombre que desarma una relación erótica profesora/caballo). Las cosas ocurren en las tinieblas del público que aplaude al pianista y que da razón de ser
al espectáculo pero que no se observa y de cuya presencia se duda. Y si quisiera hacer referencias de escritura similar, no aparecen autores anteriores, sino posteriores; porque Felisberto logró una originalidad tal que bien se podrían encontrar en sus páginas (y no exagero) las raíces de Cortázar, y toda la fantasía del Río de la Plata que se desarrolló desde la década de los 60. Como bien lo dijo Ítalo Calvino: “Es un escritor que no se parece a ninguno: a ninguno de los europeos, a ninguno de los latinoamericanos; es un “atípico” que escapa a toda clasificación y encasillamiento pero se presenta como inconfundible”. Yo le creo.Y entonces imagino a Felisberto como uno de sus propios personajes, el pianista pobre que nunca tenía dinero y que esperaba una fama esquiva. El tipo que tocaba el piano en las noches y se despertaba en las mañanas a escribir. Un viajero frecuente. Lo imagino cada vez que escucho a Claude Boilling o a Philip Glass (los hubiera interpretado si los hubiera conocido). Y entonces puedo imaginarlo cada vez que esté insatisfecho con mi vida. Pensar en ser él, convertirme en Felisberto (en los mundos de sus cuentos eso es tan posible como que alguien compre pan) y completarme. Aunque antes de que eso ocurra, debo decirle a mi hermana que lo lea, creo que con ese consejo ella y yo quedamos a paz.



1 Acotaciones:
No pensé que en su blog pudiera encontrar un post de Felisberto Hernández. Él es uno de esos autores que he leído con profundo encanto, y del que procuro no hablar ni sacar a flote en ninguna "plática literaria"; cuestiones de egoísmo.
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