Fresán, Rodrigo. El fondo del cielo. Random House Mondadori: Barcelona, 2009. 272 págs.
Hay cosas que se deben hacer dos veces: rehacer. Rehacer conlleva la idea de que la primera vez las cosas se hicieron mal o se deshicieron. No hay otra lógica para que se haga algo de nuevo, otra vez. Borges consideraba la literatura una especie de loop infinito de la que decía: lo bueno de leer es que es posible releer. Así, la relectura como única forma de entender bien los niveles profundos de la palabra. Y ya había empezado este post hace un año o más; en la primera versión agradecía a María (de nuevo gracias por reglarme el libro) y ponía en duda mi papel como lector. Ahora que los leo de nuevo (tanto el libro como el post) me doy cuenta de los cambios significativos de un entonces-pasado a un ahora-futuro. Y ahora recuerdo una broma que me hice: llamé a mi número de celular, y dejé un mensaje en el cual decía “hola, te habla el yo del presente que para ti será pasado. Cuando escuches este mensaje ¿serás la persona que ahora me imagino?” y colgué. Extrañamente olvidé esa llamada y quedó guardado el mensaje un par de meses. Cuando lo escuché, me sentí un poco como esos personajes de PKD que interpreta Arnold Shwarzenegger y consideré responderme. Igual me pasó al releer el post, y el libro, y cuando pienso en la posibilidad de imaginarme antes y ahora y lo que soñé en el futuro. Porque mi lectura del hoy es el futuro de algo que alguna vez soñé y (al menos, tal como vamos) no cumplo, ni cumpliré. Toda esta parafernalia vacía sobre el tiempo para decir que releí el último libro de uno de
mis autores favoritos y, ahora sí, me queda la intención de re-hacer mi entrada sobre “El Fondo del Cielo” de Rodrigo Fresán.Es difícil decir de qué trata el libro de Fresán. Si bien el caldo primitivo del texto (con un disparador cedido gentilmente por Jonathan Lethem) es la ciencia ficción, las tramas están relacionados más con sus temas predilectos: la Memoria, la Historia, el Tiempo. Dividido en tres claras partes que recuerdan el lado de acá y de allá de Cortázar, Fresán desarrolla tres personajes entre los cuales sobresale el primero. Esa primera parte, titulada “Este planeta”, es la más interesante por estar tan bien estructurada. La idea del recuerdo perdido y re-construido (sí lo de la reconstrucción aparece también), la memoria como constructo de historias y el humano como extraterrestre de sí mismo; aparecen en toda su dimensión. Los paralelos de personajes con escritores de ciencia ficción (Philip Dick, Kurt Vonnegut, Howard P. Lovecraft, Ron Hubbard) están planteados como bellos juegos de “¿quién lo descubre?”. Hay en este primer capítulo un dinamismo extraordinario que solo es ralentizado por innecesarias dilaciones al inicio de libro, en las cuales el narrador se excusa una y otra y otra y otra vez por no iniciar la historia rápido. Las digresiones típicas de Fresán aparecen naturales solo a mediados del capítulo, al inicio son solo excusas narrativas que (un dicho que no he podido olvidar) “dejan ver la costura” del texto. Lo mismo pasará con la segunda parte del libro (“El espacio entre este planeta y otro”), en la cual se dan una serie de excusas que no son parte fluida de la historia sino que aparecen como notas al pie de página de elementos que no se pudieron resolver del todo: elección del idioma, uso del lenguaje figurativo, visión de los personajes, etc. Fresán aclara al final del texto que hubo una extended-version del libro en el cual se explicaba todo. Parecería, si se mirara el segundo capítulo, que dicha extended-version captaba sólo lo contado en el primer capítulo y que los dos siguientes (en especial este segundo) hubieran sido entregados rápido, sin revisión o sin posibilidad de cambios sustanciales en elementos estructurales que explicaran ciertas cosas que, a primera vista, son gratuitas. Ya con la tercera parte se condensa y se desata el nudo armado al inicio; aunque ya la explicación estaba claramente sugerida antes. Si bien la última parte no tiene las fallas estructurales del segundo, tampoco tiene la actitud dinámica del primero. Tanto la segunda como la tercera parte resultan como aditamentos artificiales que fueron puestos al lado del primer relato (parecería un muy buen relato) para conformar una especie de Cyborg literario que tiene partes de Fresán y otras de autores diferentes; esto hace ver al libro un poco desarticulado y fragmentado. Sin embargo, hay una gran cantidad de elementos que hacen que valga la pena leerlo. Al fin, después de mucho buscarlo, encuentro un libro escrito en español que tiene a la ciencia ficción como tema central, a la manera en que lo hace Kurt Vonnegut con su “Slaughterhouse 5”. Busqué un libro con esas características en Junot Díaz, en Antonio Ungar y en Edmundo Paz Soldán; me demoré mucho en encontrarlo y estoy seguro que a todos los fans del género les encantará. No sólo porque habla del nacimiento de los grupos y las publicaciones de la ciencia ficción en Estados Unidos (me hubiera gustado más que hablara de Argentina o México pero bueno, nada es completo), sino porque lo hace desde los límites que sólo reconoce un aficionado: es decir, con guiños y no con datos; con alusiones y no con explicaciones. Aún así, es posible que un no-conocedor del género disfrute y goce la novela, aunque seguramente le dará autoría a una gran cantidad de frases e ideas al autor argentino cuando en realidad son tomadas de otros escritores. Algunos amigos de fútbol repiten la frase “abusar de la técnica” cuando alguien hace algo tan bien que por intentar hacerlo mejor, o por repetirlo tanto, termina por arruinar todo. Fresán no arruina su libro, es uno de los textos del escritor argentino que vale la pena leer y revisar con cuidado. Sin embargo a mi parecer, la maestría que logró con “La Velocidad de las cosas” o “Mantra” se diluye un poco en este libro y hace que piense que “abusó de la técnica”. Para subrayar algunos elementos del libro muy interesantes: la narración histórica en clave de ciencia ficción de los acontecimientos del 9/11 y sus consecuencias, el uso de datos raros de escritores y libros de ciencia ficción, el regreso a la memoria difuminada (igual que en Mantra) pero vista desde los dispositivos tecnológicos, las frases subordinadas y complejas recurrentes en la escritura de Fresán, frases que explotan historias convirtiendo al libro en una linealidad multiplicadora. Y…debo admitirlo, leer a Fresán me hace querer escribir literatura de nuevo.
El pasado como ilusión o como sueño de lo que ya pasó. El futuro como “el libro a venir” o como ese presente de la imaginación pasada. Ahora siento que vivo no lo que soñé, sino una de esas pesadillas de las que se quiere despertar, pero cuando despiertas sigues en el sueño y cuando despiertas sigues en el sueño y cuando despiertas sigues en el sueño… pero esa es otra historia. Ciclos que se terminan sólo para que otros inicien. Y en medio de ese loop que es la literatura, o la vida: retomo el pasado y dejo un fragmento de lo que escribí hace más de un año: “Cuando iba a estudiar literatura, muchos me intentaron convencer que no lo hiciera. Tías y familiares insistieron en que estudiara algo que fuera provechoso como Medicina o Derecho. Aunque algunos amigos cercanos usaron un argumento que en realidad me hizo dudar. Decían ellos que yo disfrutaba el leer, que la literatura, al igual que el cine, tiene un alto grado de lúdica el cual se perdería irremediablemente al momento en que tomara los libros como objeto de estudio. La diversión, cuando se convierte en estudio, se daña; me decían. Dudé, por un momento llegué a creer que ese argumento era muy válido y real. Con el tiempo (mucho en realidad), me di cuenta que las teorías no eran un impedimento para disfrutar la literatura, sino que se convertían en puertas de entrada; siempre y cuando se supieran abrir y pasar a través de ellas. Muchos se quedan en el material, el color y la textura de las puertas sin ver qué hay al otro lado, como el personaje de Kafka en ‘Ante la ley’. Afortunadamente, no me considero uno de ellos.” Como pueden ver, el pasado no siempre fue mejor.



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