Totopteca

Extractos de la biblioteca totoptero

12/27/2010

Algo se me escapa...

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Coetzee, John Maxwell. Diario de un mal año. Editorial Mondadori. Buenos Aires. 2007. +o- 250 págs.

El calor afuera era insoportable, pero adentro de la sala el aire acondicionado enfría como nunca. Frente a cien estudiantes –pocos más, pocos menos- Daniel Link lanza su lanza en ristre contra Matilde Sánchez; Jorge Panessi colabora con Link mientras todos se ríen… siento que hay algo en ese momento que se me escapa. Se lo achaco al clima. Tomo fernet al terminar una fiesta. En un cuarto tocan sambas, en otro un grupo baila y hace música con su cuerpo. La samba y el baile terminan en un paroxismo teatral. No entiendo los arrebatos de felicitaciones entre ambos cuartos. Siento que algo se me escapa… culpo al fernet. Una marcha lanza gritos desgarrados por Avenida de Mayo, tocan tambores estridentes y alzan los puños. Las voces se contagian entre todos los marchantes hasta que se quema un muñeco y algunos orinan la puerta de la jefatura de gobierno de Buenos Aires. En lugar de euforia aparece la perplejidad. Siento que algo se me escapa… creo que sucede por el ruido. Me ocurre nuevamente una, diecisiete, veintitrés veces. La sensación de estar pero no comprender del todo, tener esa certeza que algo se escapa obligatoriamente, no es siempre alegre. Entonces me refugio en la literatura, y leo “Diario de un Mal Año” de Coetzee. Al pasar la última página comprendo, más que nunca, que ese escape de comprensión es una ley inexpugnable en mi vida.
Hacía mucho no leía a Coetzee; después de “Juventud”, “Desgracia” y otros títulos parecidos, me alejé por temor a su exagerado pesimismo (lo cual subrayó Rushdie en su visita a Bogotá). Con desconfianza, tomé el último libro del escritor surafricano y en lugar de una depresión severa, mis ánimos se movieron por una montaña rusa de emociones que pasaban de la sorpresa, a la decepción y la admiración. El libro de Coetzee es un libro fragmentado en todos los sentidos posibles: no sólo por la estructura tripartita que tiene (separación subrayada por líneas divisorias), sino por las temporalidades, los temas y los tonos en los personajes que maneja. Si bien la fragmentación aparece como uno de los elementos literarios que más disfruto en un texto, la fragmentación que no se ata a un referente preciso, puede llegar a molestar. Dicha fragmentación fallida es clara con los tonos de los personajes y principalmente con el de Anya. El personaje femenino de la novela (Anya) es quien toma las riendas de todo el texto y lo hace girar (por encima del escritor que, nos hace creer Coetzee, es él); pero esas riendas las obtiene a través de un cambio demasiado impostado para ser verosímil. El personaje que en las primeras páginas usa un lenguaje escueto y limitado, pasa a manejar un lenguaje complejo, estructuras gramaticales y pensamientos filosóficos profundos. Está bien, es la transformación del personaje –pueden decir-, pero esa transformación es tan obvia, sosa y lógica que no es nada verosímil. Entonces recuerdo novelas como “Esperando a los Bárbaros” y pienso que hay una razón para que Coetzee lo haya hecho así, pero esa razón –pienso- se me escapa. Esa impostación del tono se hace aún más profunda al momento en que hay un desarrollo de personaje que sí está bien construido: el traslado de los ensayos etéreos a la observación de la cotidianeidad desde la muerte; poseen la delicadeza y la sutilidad que no tiene la historia de Anya. Esta unidad en los ensayos (aparte superior en el libro) se logra al momento en que hay una unidad referencial que posibilita ese devenir. Ya desde el inicio del libro se ve que el sustrato que encadena los ensayos es el de las dinámicas del poder: desde el poder como sistema político, hasta el poder como relaciones interpersonales, pasando por lo deportivo, la tecnología y demás. Estas relaciones de poder se ven encadenadas a la historia del escritor y los juegos de poder del trío de personajes que manejan los roles de poderío/sumisión según el momento. Es ahí donde encontré al Coetzee de obras anteriores. Por eso me sorprenden tantas salidas en falso al armar su novela como unidad. Es por eso que veo tantas fallas y no las perdono (a menos que no sean fallas, que sea algo intencional que se me escapa): los cambios temporales gratuitos entre las historias, las repentinas transformaciones de uno u otro personaje, la focalización en la chica que sirve los postres, etc. Al lado de joyas de la escritura en ensayo como “Sobre las disculpas”, aparecen fragmentos que no funcionan, no se soldan completamente con el resto de la novela. Bien se podrían hacer novelas totales a partir de fragmentos (como lo demuestra Kurt Vonnegut con “Hocus Pocus”), pero al parecer Coetzee toma unos muy buenos ensayos, escritos desde hace mucho y los enmarca en una historia que se pierde en devaneos entre lo bueno, lo fragmentado, lo desencajado, las narraciones forzadas (Anya contando lo que dice Alan), el diálogo inocuo, el diálogo estructurado y la tensión sexual.
Hace algunos años, escuchaba una conferencia de Salman Rushdie ayudado a medias por la traducción simultánea. En medio del teatro, escuchaba risas y carcajadas, seguidas de asentimientos con la cabeza y aplausos. Por momentos entendía mejor el inglés de Rushdie, la traducción simultánea me confundía y los comentarios con mi compañera de silla eran inaudibles. Así que creo entender –y recordar- a Rushdie diciendo que no le gustaban los escritores que escribían para sufrir y para que el lector sufra, y nombró a Coetzee. Entre risas y charlas y asentimientos, nunca estuve seguro de la veracidad de esa historia. Estaba seguro de que algo ahí se me escapaba. Seguiré buscando certezas con Coetzee, quizá con “Verano”; no sé si las encuentre, sé que de una u otra manera (única certeza), John Maxwell me dejará pensando que –quizá- algo se me escapa.

1 Acotaciones:

Bruno dijo...

Pienso en Sabato, y el comentario que me hizo antes del viaje. A veces creo que esa predisposición al sufrimiento, y a su gusto, están dadas en el ojo del lector. Hay interés por atisbar a ese lado al que muchos no pueden acceder.

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