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Extractos de la biblioteca totoptero

Coelho, Oliverio. Los Invertebrables. Beatriz Viterbo. Buenos Aires. 2003. 128 págs.

Desde hace un tiempo me reúno con algunos amigos a hablar de ciencia ficción. La última vez no logré estar materialmente, así que mi presencia fue virtual. Eso me recordó algunos de los aparatos que había visto en las películas serie B cuando pequeño. En ellas aparecía un jefe de algo diciendo: “John, te persiguen, escóndete”, o el protagonista veía un asesinato sin que pudiera hacer algo para evitarlo. A una de esas reuniones (tiempo atrás) llegó un grupo de hackers, amantes del ciberpunk. Al ver su amor por Gibson, y la posibilidad de que escribieran relatos, les pregunté por la particularidad del ciberpunk latinoamericano. Ellos lanzaron sus improperios geeks contra mí diciendo que los hackers eran del ciberespacio y que no tenían nacionalidad definida, eran –perdón el lugar común, eso dijeron- “ciudadanos del mundo”. La pregunta por la ciencia ficción latinoamericana se reitera desde hace mucho tiempo y no creo que el ciberespacio haga desaparecer al señor de la esquina donde vamos a comprar el pan para el desayuno. Es así como seguí leyendo ciencia ficción latinoamericana pero siempre encontraba un tono norteamericano y copias malas de textos escritos hace treinta años: las naves espaciales se llamaban Bochica, y los astronautas Pedro en lugar de Peter, pero todo era igual. Ahora, bajo una mirada y una obligación académica que me obligan a leer más textos, encuentro que la ciencia ficción en Latinoamérica no ha muerto, sigue viva y en un renacimiento. Me alegro al ver eso cuando leo textos como “Los Invertebrables” de Oliverio Coelho.
La novela de Coelho se me presenta como una de las más gratas sorpresas de los últimos meses. Si bien al inicio la inclusión de una comunidad tripartita en la que había una necesidad del otro me pareció una copia mala de “More than human” de Sturgeon, la novela se desenvolvió de otra manera. El mundo creado no tenía esa fea costumbre de ser explicado en los dos primero capítulos, sino que se descubría lentamente al momento en que algo no funcionaba o parecía extraño al lector. Y no sólo eso, lo interesante es el tratamiento que se le da a ese descubrimiento: es el tratamiento de lo raro desde una primera persona que se basa en su lenguaje “enciclopédico”. Me explico, sin adelantar argumento. El narrador, personaje central de la novela, tiene como “don” el poder de la oralidad, el poder del lenguaje; sin embargo ese poder del lenguaje solo se da desde la lectura de la enciclopedia: es quien conoce el referente exacto. Es por eso que la narración en primera persona es compleja, ralentizada, rarificada, pero profundamente rica. Coelho utiliza la herramienta de la enciclopedia (del significado fijo) para volver a su mundo más monstruoso ya que, seamos sinceros ¿quién habla “bien”, a la manera en la que el diccionario manda?, ¿quién utiliza las palabras en su significado exacto?, ¿quién utiliza en su lenguaje cotidiano más de tres mil palabras diferentes de las doscientas ochenta y tres mil palabras del español? El juego de lo raro, lo diferente, está atado a aquello de lo que vivimos: el lenguaje. Es así como las palabras extrañas utilizadas por el narrador y la sintaxis compleja crea frases como: “Se trataba de invertir, con suerte, toda vida para presagiar un instante, aprehender enteramente la posesión, lo cual no era otra cosa que abarcar la temporalidad: quedar expuesto a la propia duración, pero desde afuera, como una bestia.” (P.114) Dicho ritmo se mantiene, o mejor, se desplaza con la transformación del narrador y convierte a la novela en una serie compleja de preguntas, sobre-entendidos y planteamientos que se acercan a lo filosófico sin soltar la mano de lo literario. Al finalizar la novela se sabe que hay un mundo planteado el cual se entiende (pero no del todo), preguntas en el aire que se saben (pero no del todo), respuestas que se suponen (pero no del todo) y una sensación de monstruosidad que se sabe cierta (del todo). El manejo de las palabras y la construcción cuidadosa de cada una de las frases de la novela, recuerdan un trabajo de filigrana con el lenguaje, al tiempo que crean una duda constante sobre la posibilidad de que el lenguaje pueda explicar algo o tenga referentes fijos. Leyendo el libro, tuve esa sensación que pocas veces sucede: mientras lo subrayaba pensaba en la necesidad de resaltar cada frase y casi caigo en lo absurdo de marcar el libro completo: una frase por su excepcional construcción gramatical, la siguiente por su intricado nivel filosófico, la siguiente porque fue algo que alguna vez pensé y la siguiente porque era una frase que me hubiera gustado escribir. Exactamente la misma sensación que tuve al leer “El Otoño en Pekín” de Vian. Es entonces una novela que no intenta copiar las fórmulas de las traducciones norteamericanas de ciencia ficción de los ochenta, sino que explota el español a su máxima expresión y que crea un estilo sintáctico (formal) que va de acuerdo al mundo planteado por el autor (argumental). Y hablando de lo argumental, y para no extenderme en demasía, solo nombro un elemento: la idea de la huida como espacio de identidad del individuo, y la marginalización naturalizada como forma de vida, establecen esa mirada latinoamericana que me interesaba desde un inicio. La estructura ya no es bueno—malo, como en las novelas que surgieron y siguieron a la guerra fría; la pregunta es ¿cómo huir de lo marginal cuando no hay un centro que lo contraste?, ¿cómo identificarme con algo cuando lo individual es norma?, ¿cómo volverme comunitario en un mundo donde la comunidad se representa por lo estatal? Son esas las preguntas del latinoamericano, son esas las preguntas que me cuestionan (creencia personal) mi identidad y mi ser arraigado. Ahora, aún más, dejo de creer en las palabras de los hackers-ciudadanos-del-mundo.
Hoy se me dificulta terminar el escrito… abro el libro en cualquier lugar y leo: “El elemento femenino volvía obtuso el heroísmo de una relación simétrica, e instalaba en los cuerpos una tercera dimensión: la de la dependencia. Un nexo único, universal como la servidumbre, como la asimetría. Detrás, agazapado, se inflamaba el argumento particular que al desarrollarse y llenar todos los intervalos de sí, vuelve universal al hombre: la tragedia.” (p. 90) Después de todo, ese podría convertirse en un interesante y buen colofón. Así que ahí lo dejo...

2 Acotaciones:

Carlos dijo...

Hola. Acá como siempre reportando sintonía.

mornatur dijo...

Muy buen comentario. Recuerdo el Ataque de los Hackers, ¿no fueron los mismos que pretendieron atacar Star Wars por la "pésima calidad de los efectos..."? Es un alivio que no volvieran.

En cuanto a Invertebrables... no sé hasta dónde sea mi tipo de Ciencia Ficción, si bien he encontrado las mismas malas copias de CiFi americana (de México y Colombia) o Rusa (en Argentina), y, oh coincidencia, a veces escritas por personas cuyo nombre suele aparecer bajo el crédito de la traducción.

El problema radica, precisamente, en el lenguaje; aprecio su correcto uso, disfruto estéticamente su magistral entretejido, me aburre profundamente su extensión reflexiva.

Pero tendría que leerlo, de todos modos. Hacer el intento.

MT(DSOT)FBWY

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