Totopteca

Extractos de la biblioteca totoptero

Oz, Amos. De Repente en lo Profundo del Bosque. DeBols!llo. Barcelona. 2007. 151 págs.

Mi madre se preocupaba mucho cuando yo era niño. De su boca escuché por primera vez la palabra misantropía al momento en que me pidió, casi rogándome, que saliera de casa. Yo vivía todo el tiempo en mi cuarto leyendo libros, cómics y dibujando en hojas tamaño carta escenas de un final nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En una acción desesperada, decidió convencerme de una socialización necesaria y me hizo ver cómo los miércoles en la biblioteca de la ciudad hacían una reunión que se llamaba “la hora de lectura”. Fui casi a regañadientes, pero esa salida a la biblioteca me encerró aún más. Las lecturas que hacían me parecían simples, las voces que repetían los renglones y mostraban los dibujos eran –en opinión de esa época- efectistas. Al menos encontré a Tintín que me sacó de esa modorra y me llevó a volver a la biblioteca. Igual, los intentos de socialización por la biblioteca terminaron en un llamado a mi madre por parte de un par de preocupados psicólogos (pero, como dice Ende, esa es otra historia y la contaré en otro momento). Ahora, regreso a muchos de esos libros infantiles gracias a un pequeñín de tres años (un saludo Matías), los cuales le leo maravillado. Ahora comprendo los diferentes niveles de lectura, ahora sé que los libros no eran efectistas, el efectista era yo. Entonces deseo tener esos cinco o seis años de nuevo y sentirme sorprendido. Aunque sé que ya no es posible. Pero hay sensaciones que se acercan mucho; sensaciones como la que produce la lectura de “De Repente en lo Profundo del Bosque” de Amos Oz.
Al autor Israelí lo había escuchado muchas veces, principalmente vinculado al premio Nobel. Miraba sus libros en ventas de segunda pero nunca recordaba comprar uno. Hasta que, por raras coincidencias que no voy a explicar aquí, resulté con “De repente en lo oscuro del bosque”. Nunca imaginé que me encontraría con un libro infantil. La literatura infantil ha sido subvalorada por la academia y la crítica; casi siempre se la ha utilizado para observar las estructuras y las morfologías (y que no lo niegue don Vladimir Propp); pero no se ha observado su valor estético y literario. El hecho que Oz recupere un lenguaje y una estética infantil para mostrar el problema profundo de la memoria histórica, pone a este libro en un nivel diferente. Lo que Oz logra en este libro es combinar una profundidad conceptual con una cualidad interesante de los libros infantiles: la argumentación sencilla. Una de las particularidades de los libros dirigidos a niños es que las argumentaciones no pueden ser armadas de manera compleja y difícil (imaginen un libro infantil escrito por Kant, por ejemplo); dicha forma argumentativa ha producido literatura fácil y rápidamente olvidable (imaginen ahora una literatura medieval desplazada a un mago adolescente al que llamaremos aleatoriamente Harry), pero Oz logra darle una densidad a esas argumentaciones simples. Me explico. En la actualidad, tanto el lenguaje, como la simplicidad de las tramas en los libros infantiles y adolescentes es casi que una obligatoriedad (no era así antes, Lewis Carroll lo demostró); desde ese punto de aparente simplicidad, Oz aborda el problema de la memoria histórica, el trato con los animales, la pérdida de un ser cercano, el valor del otro como individuo, lo simbólico-social del silencio, la diferencia entre norma creada y norma necesaria, etc. Lo que hace Oz es darle un peso específico a lo infantil, y lo logra manejando dos extremos: la inocencia pura versus la experiencia corrompida, lo que lleva a la pregunta específica (y real por lo inocente) versus el ocultamiento vergonzante de la verdad. El uso de lo infantil como base también permite a Oz manejar diálogos sencillos y fuertes (dado que se enmarcan en esa dupla contrastante de la que hablamos); y personajes que bien pueden plantearse como personajes-tesis. Los personajes están muy bien establecidos y descritos (otro de los requerimientos propios de lo infantil): La maestra, El pescador, La panadera; esto hace que el desarrollo mismo de la historia produzca elementos que algunos podrían describir como clichés, pero que enmarcan el relato en un mundo propio y muy bien concebido. Los dos personajes centrales: Mati y Maya, tienen todo lo necesario para ser unos héroes prototípicos: pasan de la cobardía a la valentía, de las preguntas sencillas a las respuestas complejas, del silencio al grito devastador. Las imágenes llevan el texto como un río que fluye (descripción que se encuentra al final de los diez primeros capítulos) y el lenguaje es el indicado para niños. Tras toda esta estructura infantil, se plantea un fondo social que, si bien no está presente de manera clara, es obviamente el manejo de la historia y la memoria frente al Holocausto de la Segunda Guerra Mundial. Las coincidencias (manteniendo las proporciones) entre la propuesta de Oz y de Primo Levi son asombrosas. El papel que le dan ambos autores a la dupla silencio-olvido/escritura-memoria, es fuerte y muy bien estructurada. En el caso de Oz, estas propuestas se representan en pequeñas acciones (casi imperceptibles) que le dan un valor simbólico (y que no tienen casi valor argumental) al acto de callar, de hablar, de huir, etc. “De repente en lo profundo del bosque” es un libro que puede no funcionar en muchos aspectos: tiene una gran cantidad de clichés, personajes prototípicos, elementos conocidos y repetidos, palabras extrañas y problemas con la verosimilitud; sin embargo es justo en esos elementos en los que Oz acierta. El autor Israelí juega a crear nuevos significados y profundidades con elementos cotidianos y habituales. Como si pintara una obra de arte con crayolas. Como si dibujara a Tintín con unos dedos untados de tempera.
Durante toda mi lectura imaginaba a Mati (uno de los personajes principales) rubio de ojos claros y una sonrisa gigante y constante. Eso ocurre porque el pequeño al que, ahora, le leo cuentos se llama justamente así: Mati. Lo veo sorprenderse con las historias del elefante Elmer y el Willy de Anthony Browne. Espero que se siga sorprendiendo con todas esas historias, espero leerle en voz alta -dentro de un par de años- el libro de Amos Oz, espero que no crea simples esas historias. Quiero que salga y juegue y lea y quizá, en una de esas salidas, encuentre ese libro que le cambie la vida, así como lo hizo conmigo Tintín.

1 Acotaciones:

Carlos dijo...

Pues hombre, lo que me parece más conmovedor del texto es que transmite su afecto en el acto de lectura en voz alta a Matias. En este año me estoy estrenando de padre y me he dado cuenta que leer en voz alta produce en el bebé un efecto especial, imagino que debe gustarle el sonido, eso sí, sólo se aguanta cinco páginas. Cordial saludo.

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