Houellebecq, Michel. Plataforma. Ediciones Anagrama. Barcelona. 2002. 316 págs.
Cuando era pequeño, alguien me dio mi primer carro de juguete. No recuerdo quién; era la época en que los regalos se Debían dar. Era un carro deportivo, azul y funcionaba halándolo hacia atrás para que tomara impulso (“de fricción”, lo llaman algunos). Era la primera semana del jardín infantil, tendría cuatro o cinco años; así que llevé mi nuevo juguete a la escuela. Unos niños conocidos (con el tiempo se convertirían en los “malos” de la clase) me recomendaron que lo hiciera correr por el cajón de arena, ya antes lo habían hecho y “lo hace muy bien sobre la arena”, dijeron. Al halarlo hacia atrás, la arena se metió entre la cuerda y los piñones y, en resumen, el carro se estropeó. Los niños se fueron riéndose (creo recordar que uno dijo que sabía que eso iba a pasar), y yo quedé con mi nuevo autito inservible. Nunca comenté lo que pasó. Sentía vergüenza por haber sido estafado de esa manera (en realidad aquí lo comento por primera vez en mi vida). En casa, inventé cómo había dejado el carro en casa de un amigo y me decidí a arreglarlo por mí mismo. Lo desbaraté y lo volví a
armar mil veces. Era interesante ver cómo la cuerda se enrollaba y entender de manera lógica el funcionamiento del juguete. Nunca lo armé de nuevo. Sabía mil y un cosas sobre el carro, pero nunca pude jugar con él. Esa escena escondida de mi vida estaba reprimida, pero volvió a salir a flote hace poco. Y la recupero gracias a un nuevo libro que sale de las manos de un amigo (gracias Manuel): “Plataforma” de Michel Houellebecq.Ya con anterioridad había leído “La posibilidad de una isla” y fue uno de los mejores libros ese año. Con esa idea abordé “Plataforma” pero la sensación no fue igual. El libro de Houellebecq (que según María se pronuncia Güelbek) se arma como un rizoma cuyas ramas no logran atarse al tronco central. La historia principal no se desarrolla desde el cambio y la transformación del personaje central, sino la manera en la cual se arma una campaña turística. Desde el inicio se propone una idea interesante que nunca se desarrolla. Ya en la página 150 el lector quiere saber la manera en la cual se desenvolverá la campaña, pero ese es un ítem que aparece como real en las últimas 30 páginas. Hay una promesa constante de acción, promesa que se queda (casi hasta el final) en eso: una promesa. Es la misma idea del carro a fricción. Al cerrar el libro se sabe mil y un cosas sobre el turismo sexual, pero nunca se da la opción de jugar con él. El libro –creo- está armado como un constante relleno de elementos sexuales, críticos, filosóficos y religiosos; los cuales le dan cuerpo a una historia que (de no estar los elementos de relleno) resulta aburrida y sosa. Es así como después de diez páginas de estudio concienzudo de la forma en la cual piensan los mochileros europeos, aparecen (por arte de magia) dos párrafos en los cuales se narra la visita a un prostíbulo o un trío sexual, sólo para encontrar diez páginas más del mismo estudio sociológico. Algunas escenas sobran o son totalmente descartables, al igual que comentarios gratuitos sobre el islam, la situación política de Cuba o la inseguridad de París. Houellebecq apuesta a la acidez y el morbo, pero su apuesta nunca logra cohesionarse con la historia central. Esas apariciones esporádicas de elementos críticos son interesantes e importantes, pero nunca logran profundidad, ya que su extensión y las posibles conexiones internas que se manejan en el texto, no existen. Por momentos pareciera que el autor francés mezcla un libro de ensayos y uno de literatura, los cuales ha escrito de manera separada y los une sin que exista una razón para que estén en un solo tomo. Igual ocurre con muchos personajes los cuales describe de manera pormenorizada (tanto física como mentalmente) para que desaparezcan del texto treinta página después sin dejar un aporte relevante en la construcción de la trama. Es, por lo tanto, un libro fragmentado. Ya la fragmentación se da desde la división del texto en tres apartes grandes. El primero, que describe el viaje turístico del protagonista a una isla en el pacífico sur, es interesante y lleno de ideas que se pueden desarrollar; sin embargo, en el desarrollo de la trama el elemento real de importancia es conocer a uno de los personajes. Cuando se pasa a la segunda parte, es como si el lector se encontrara con un nuevo texto. Las relaciones con la primera parte son escasas (se remiten al personaje de la primera parte) y el libro –con una pequeña acotación- bien hubiera podido iniciar ahí. Así como ocurre con este ejemplo, todo el libro se arma desde elementos sueltos y explicaciones no-pedidas. Al final, el lector puede ver cómo se desarrolla el espacio del turismo (centrándose en el turismo sexual del tercer mundo) desde los creativos de las campañas, hasta quienes se encargan de ponerlos en acción en diferentes países, pasando por los animadores de fiestas, las mucamas que prestan servicios sexuales y la organización de planes cortos; siente que ha leído un muy (y sincero) libro teórico de Hotelería y Turismo, pero no un gran libro literario. Leo ahora que este libro estableció a Houellebecq como un autor conocido mundialmente y profundamente mediático, dadas sus alusiones al islam; bien, dichas alusiones no aparecen más que en tres páginas y no se relacionan casi de ninguna manera con la propuesta narrativa del texto. Hay que reconocer que el libro se conforma como una respuesta agresiva al pacato pensamiento moral de occidente respecto al tercer mundo. Es necesario decir que las reflexiones que se encuentran en todo el texto están muy bien armadas y desarrolladas de manera apropiada. La lógica filosófica de todo el texto es un buen ejemplo de contrargumentación a las ideas clásicas de “decoro” y “buenas maneras”. La descripción de las escenas sexuales (que no faltan en todo el libro), son juiciosamente estructuradas para la producción de
morbo y goce del lector. Pero de la unión de buenos fragmentos no necesariamente resulta una buena totalidad. Y ese es el caso que lo comprueba. Podemos ver las partes y cómo están armadas pero la arena no las deja unirse, y por eso no es posible jugar con el libro de Houellebecq; igual que el carro azul de fricción. Además, siempre que se desbarata un juguete dañado, es casi una ley que sobren muchas partes, que las partes se pierdan y que el juguete se guarde.Hace poco revolví la caja de mis recuerdos y encontré mi carro. El azul. Es extraño que, aunque boté muchos de los juguetes de mi infancia, ese auto dañado era uno de los que había conservado durante más de veinticinco años. Intenté por una última vez darle cuerda pero la arena seguía ahí. Lo guardé porque siempre lo revisaba, porque quería recordar cómo funcionan los juguetes sin tener que desbaratar otro. Es así como funcionan también ciertos libros en nuestra vida. Hay que recordarlos y tener en cuenta sus partes, para que así recordemos de manera precisa todo aquello que no debemos hacer con los nuestros.
Dato final: al parecer hay película de “Plataforma”, y hay película de “La posibilidad de una isla” ¿es eso posible?



4 Acotaciones:
Pues mi estimado señor, difiero de su opinión... a mi me gustó, y mucho, de hecho me parece fluido y fresco, es un libro que se lee de un solo jalón, sin interrupciones. Por otro lado me encanta el hecho de la desvinculación narrativa con su propio estilo, es claro, es como estar en la cabeza de un barrigón de cuarenta de esos que se sientan el sus carros nácar... ahh lo olvidaba, la cuerda de un carro, puede ser siempre reparada si usted tiene el ingenio suficiente de levantar la cubierta de plástico o metal para ver el mecanismo...
Hola a todos. A este galo lo puso de moda, acá en la parroquía, una reseña positiva de "Las partículas elementales" (su segunda novela) escrita por el director de El malpensante hará unos diez años; ahí fue cuando lo empecé a leer. Su primera novela es "Amplitud del campo de batalla" y esa la recuerdo bien (de esa también hay película); la segunda, la reseñada, esa la recuerdo mejor; después leí un poemario "Renacimiento", ese también lo recuerdo bien (está en la Luis Ángel); después leí "El mundo como supermercado", ese sí lo recuerdo muy malito. Ahí planté con el hombre. Después alguién que había leído las dos primeras novelas me dijo que en "Plataforma" bajaba el nivel y que Anagrama había sacado un volumen titulado "Lanzarote" pero que era más de esos libros que se aprovechan del nombre del autor y venden de arrastre; después Alfaguara se lo sonsacó a Anagrama y ahí publicó "La posibilidad de una isla", que es dónde creo que vamos. Me gustó mucho la historia del carro, la pole position y la medalla de oro del post. Un saludo a todos.
Me gustó mucho el post, así es como me gustan las críticas: partes de un excelente ejemplo y ante eso no queda nada que decir. De hecho me hubiera servido mucho el ejemplo para la clase sobre deconstrucción.
bueno, según veo es cierto que las cosas que hace el francófono producen amor u odio. hablando con otras personas sobre este libro me han dicho que lo odian profundamente, otros que lo aman profundamente. es sorprendente que no encuentre una sola mujer que esté del lado del amor. gracias por los comentarios siempre... este blog existe gracias a ustedes, los lectores. un abrazo.
Publicar un comentario en la entrada