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Extractos de la biblioteca totoptero

TEXTO PUBLICADO EN EL PERIÓDICO "LECTURAS CRÍTICAS"; Número 6/7. Mayo/Agosto de 2009.

Mejía Madrid, Fabrizio. Hombre al agua. Editorial Joaquín Moritz. México D.F. 2004. 164 págs.


El estoicismo como lenguaje. La desesperanza como forma de vida. La visión de un México decadente y siniestro que se recorre entre materialidad y percepción. La novela de Fabrizio Mejía Madrid Hombre al Agua (Premio Artonin Artaud 2004), plantea el doble viaje del transeúnte en una ciudad hiperreferencial como México D.F. Apegado a las estructuras de la llamada “novela urbana”, Mejía narra la historia de Urbina: un ciudadano que camina para perderse y encuentra en los lugares no puestos sobre los mapas la verdadera identidad histórica de la urbe. Es quizá en ese entrecruzamiento entre lo narrativo y lo histórico, que el libro de Madrid posibilita una lectura alterna de la Ciudad de México. A medida que el personaje intenta sobrevivir en las calles atestadas, rememora eventos históricos que explican la existencia misma de la Historia y la idiosincrasia mexicana: el terremoto de 1985 (tierra), las inundaciones de la colonia (agua), los viajes en globo del Porfiriato (aire) y la actividad volcánica del Popocatépetl (fuego). Estos eventos históricos, junto a la suma de instantáneas contemporáneas de finales de siglo XX, son entretejidas por Madrid en una historia que recuerda el descenso a un infierno (un Mictlán) marcado por el movimiento centrípeto que obliga a los ciudadanos a permanecer en la metrópoli.
Es fácil diferenciar dos momentos narrativos claros en la novela: un presente contemporáneo (Enero 1998 – Diciembre 2000) y las crónicas históricas que remiten a los cuatro elementos. En el primero de ellos, Mejía cae en el uso de lugares comunes y personajes planos o faltos de motivación. La historia de Urbina por sí sola no posee una validez narrativa clara y novedosa: un hombre que lo ha perdido todo (familia, esposa, amigos) y que desea reencontrarse a través de la ciudad. La segunda parte, en cambio, no sólo posee la fuerza que la primera adolece, sino que resignifica y potencia la historia de Urbina. La disparidad entre estos dos momentos del libro es comprensible si sabemos que Mejía Madrid ha hecho carrera como cronista y es considerado por algunos como el “sucesor de Carlos Monsiváis”; y fue el mismo Monsiváis quien dijo de Madrid: “su periodismo es literatura”. Es justo en ese limbo en el cual el texto de Mejía Madrid tiene una de las falencias más grandes: es un libro que pasa de la literatura a la crónica sin lograr establecer una voz única. Ese trasegar por los dos territorios sin adherirse a uno en particular le quita cohesión al libro y lo fragmenta.
A pesar de las falencias claras que presenta Mejía Madrid en su segunda novela, Hombre al Agua es un texto que interesa por su carga de ironía y acidez. La mirada crítica del autor mexicano sobre las costumbres de las metrópolis latinoamericanas, junto a una risa casi sardónica de lo que representa para las nuevas generaciones la Historia y las costumbres, hace que el texto tome una fuerza inusitada. El narrador en primera persona, aparentemente estoico, observa su alrededor con crítica sagaz y puntual. Retoma todos los elementos propios de la imagen de Ciudad de México (la virgen de Guadalupe, los tacos, el caos arquitectónico, los personajes marginales), para ponerlos bajo el examen del humor negro. A través de sátiras inteligentes, logra unir los hechos históricos con la contemporaneidad narrativa, crea lazos de unión e ilación (sin hache) entre esos dos momentos separados narrativamente.
Otra de las cosas para agradecerle a Mejía Madrid, es la gran cantidad de datos históricos no convencionales que da al lector. Para narrar la construcción de la ciudad no recurre a los grandes eventos, sino que destaca las pequeñas particularidades que rodearon a las desgracias monumentales, centrándose en personajes periféricos y casi absurdos que los posibilitaron. Junto a ellos aparece la voz de un narrador (que le quita verosimilitud al libro pretendiendo que es el mismo Urbina) que acota y comenta los devaneos cómicos alrededor de los eventos históricos.
Quizá uno de los momentos más lúcidos de toda la obra, es cuando Urbina debe alejarse de la ciudad y muestra la visión de extrañamiento que antes no tenía. Cuando el personaje sale del encerramiento obligado al que lo tiene sometido la urbe, la dicotomía transeúnte-calle desaparece y los hilos sueltos empiezan a anudarse; las historias se complementan y Urbina aparece como un personaje complejo y completo.
Hombre al Agua de Fabrizio Mejía Madrid, se arma como una novela que narra desde postales de la cotidianeidad y de la historia, un mundo que la generación de la desesperanza observa y desecha, una generación que, en palabras de Juan Villoro, “no conoce otro estado que la crisis y sabe que el naufragio es la mejor manera de mantenerse a flote”.

Roth, Philip. Elegía. Ediciones De Bolsillo. Barcelona. 2006. 150 págs.


A veces, se acercan ciertas personas y me hacen una de las preguntas más difíciles de responder: ¿qué libro me recomiendas? Siempre salgo con una de las respuestas preparadas que tengo para ello, según la persona, según la intención. Puede ser: ¿qué tipo de literatura te gusta leer?, o eso se responde con dos o tres tintos sobre la mesa, o no soy “quien” para estar recomendando libros. Siempre me salgo con la mía, aunque no siempre. A veces se cruza “la conjura de los necios” y la recomiendo como un santo grial, o se me ocurre que el escucha puede ser otro iniciado en la religión del Philip-dickismo. De la misma manera en que prefiero no recomendar libros (para no embarrarla; porque me ha pasado con Patricia Highsmith, Kurt Vonnegut, Rodrigo Fresán y Roberto Bolaño, autores recomendados a personas que me odiaron profundamente), dudo cuando alguien me recomienda fervorosamente un autor. Quizá me quieren iniciar en una nueva religión que no es el Philip-dickismo. Por eso desconfié cuando en columnas, charlas, artículos y notas, todos los escritores recomendaban a Philip Roth. En uno de mis actos inentendibles, le hice caso a Juan Gabriel Vásquez (que dijo: es una compra segura) y me compré tres libros. Empecé con “operación Shylock” y lo dejé en la página 100 para seguir con “Elegía”, que terminé hace unos días. Y no dejo de pensar en él.
La mirada crítica sobre el libro parte, más que nunca, de precomprensiones: esperaba encontrar al mejor narrador de los últimos años, una joya engastada en tapas rústicas… y no fue así. Pasaron las primeras 50 páginas sin pena, ni gloria. Así que seguí leyendo, casi por inercia, por la necesidad de terminar el libro. Hasta que llegué a la mitad. Fue ahí que explotó la intensidad narrativa de Roth y los escritores que me lo recomendaron tuvieron razón. En cada una de las páginas aparece el fantasma de la muerte, la enfermedad, la tristeza, la vejez. Todos los males de la senectud puyan, incomodan, incrustan su dedo en la llaga. Todo narrado desde la tristeza. A medida que se avanza en el texto se descubre la vida de ese cadáver de las primeras diez páginas y a medida que avanza, se lo siente más cercano, íntimo, hasta casi llegar a la identificación. Se perdonan todas las fallas y caídas de ese héroe de lo cotidiano, de ese (más que nada) ser humano. Nada más apropiado para el libro que es portada negra, de luto, de tristeza infinita.
Vale la pena hablar de la magistral estructura del libro. Cómo contar hacia atrás y dejar las acotaciones precisas de lo que vendrá, descubrir la razón de las lágrimas de la página 10 en una frase de la página 120, la imagen del nado y la pintura, el amor filial, la infidelidad consciente, la muerte como opción de vida.
No conozco a Zuckerman, pero espero conocerlo pronto. Ahora recomiendo “Elegía”, no con el fervor absurdo vitalismo del lector aficionado, sino con el pudor de recomendar la humanidad como opción y la posibilidad de descubrirse a sí mismo como el héroe de una epopeya del día a día.

Rosero, Evelio. Los Ejércitos. Barcelona: Tusquets. 2007. 203 págs

Debía este escrito hace mucho. Hace algunos años, que ya sobrepasan la década, hice uno de mis peores ensayos de crítica literaria: mi primer trabajo final en la universidad. El profesor pedía el análisis estructuralista de un cuento (elegido a nuestro parecer) que tuviera todas las propuestas desarrolladas por Todorov y su combo. Elegí uno de los mejores cuentos que había leído ese semestre: “cuento para matar un perro”; pero poco pasó con él. Una desilusión amorosa, junto al irrefrenable deseo de clamarla con alcohol, hizo que mi nota (que hasta el momento se presentaba como la más alta del salón con un 4.8) bajara estruendosamente hasta un 3.1. Odié la universidad, la crítica, el estructuralismo (se mantiene el odio de a pocos), y mi desilusión se convirtió en una de mis mejores amigas. Todo eso en una semana. Las cosas pasaron, pero sentía vergüenza con Evelio Rosero. Lo odié durante dos años (hasta que “El Incendiado” se convirtió en mi primer libro firmado -por el autor- en mi biblioteca) sin causa justa y siempre sentí que tenía una deuda literaria con él. Así, Rosero me enseñó que la visión crítica, nunca debe sobrepasar los límites del gusto literario. Y lo confirmo. Lo confirmé. Cuando acabé de leer “Los Ejércitos” de Evelio Rosero.
No es osado decir que la novela de Rosero Diago, expresa como ninguna otra el vivir de un país que está en guerra (si fuera parte del gobierno, tendría que anteponer un NO a las últimas tres palabras). Rosero se plantea como una de las voces más propias y estructuradas de la literatura colombiana actual. Si esas voces estaban en su culmen en una novela como “En el Lejero”, en “Los Ejércitos”, ataca con toda la nostalgia de la que es posible un tema difícil y nunca antes tratado con poesía. Y es que es eso el mayor logro de Rosero: poder narrar la situación del civil-promedio-campesino en Colombia con un tono poético y nostálgico que logra embellecer el escenario más cruel que es posible imaginar. Es justo por eso que el escritor bogotano (pero que los de Pasto consideramos pastuso) corre a uno y otro lado de las fronteras: pasa de lo patético, a lo poético, a lo escabroso, a lo cómico. Rosero, para lograr dicho juego, recurre a las pequeñas metáforas y personajes que llenan la vida de este abuelo de San Juan (muy parecido al San José de Albán de Nariño): cabe destacar la aparición de Los Sobrevivientes, gatos que son alimentados y terminan alimentando al abuelo (¡nada de alarma!, no es igual que en Ballard), El Oye y otros personajes que estructuran y fortalecen toda la novela. Solo podría cuestionar que la gran cantidad de imágenes de sangre (quizá demasiadas), saturan la novela y la convierten –por pequeños momentos- en una escritura “snuff”, pero ante ello escucho vociferar las voces de: “eso es lo que nos muestran en el noticiero”; y sí, a Rosero lo separa del noticiero el trato humano, la visión de desolación y el entender que somos seres “humanos”, con todo lo que eso significa. Quizá, me niego a creer en toda la verdad de las imágenes. Quizá, por eso, me gustó mucho más –la palabra exacta es “disfuté” mucho más- la lectura de “En el lejero”.
Y ahora vuelvo a ver en mi biblioteca “El Incendiado” con una firma del 98. Ahora con todos los premios encima, con las críticas y la fama, me cuesta ver en la contratapa de mi viejo libro firmado al mismo “joven” fumador. Ahora, el escritor que en esa época vislumbraba una obra completa, me parece más maduro y ya no me puedo permitir “odiar” su obra, ni por todo el estructuralismo, ni por toda la crítica literaria del mundo.

Actualización: me entero que Rosero escribe un libro sobre la entrada de Bolívar a Pasto en lo que es llamado el "diciembre negro". ¿Ven porqué se considera un pastuso más?... yo quería hacer lo mismo.

Murakami, Haruki. Crónica del pájaro que le da cuerda al mundo. Barcelona: Maxi Tusquets. 1994.903 págs

Hace poco los sueños aparecieron como un “lei motiv” en mi vida: alguien soñaba que moría, alguien soñaba que revivía, alguien me dejó de soñar, alguien me volvió a soñar… y así. Fue entonces cuando empecé a pensar en un mundo paralelo al real en el cual ocurrían todas esas cosas (revivir, morir, desaparecer, reaparecer); todo podía ocurrir en ese mundo paralelo, lo único que faltaba era encontrar la salida (o entrada), solo faltaba mirar que esos portales estaban en la cotidianeidad. Me explico con un ejemplo de lo cotidiano: en los últimos días cinco personas me han hablado de la serie LOST. La dejé de ver en la tercera temporada y después de que “alguien” me contaba “algo” sobre viajes en el tiempo, recordé mi escena favorita de la serie: Un escocés (Desmond, creo. Disculpas a los puristas) dice que ama a Dickens, pero que deja al final un libro sin leer, así puede tener la esperanza de que siempre habrá un Dickens más para leer antes de morir. Cuando eso pasa es increíble. Eso no me ha pasado mucho últimamente. Eso me pasa –ahora- con Haruki Murakami. Acabo de leer “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, libro tan largo como su título y, a la vez, igual de poético. Al igual que me pasó con “Kafka en la orilla”, no quería dejar de leer y, al tiempo, que el libro terminara. “Crónica…” es el libro más complejo que he leído del autor japonés: más de quince personajes, movimientos temporales, espaciales y (no es sorpresa en Murakami) dimensionales. A medida que el libro se desarrolla aparecen y desaparecen personajes como Creta Kanoo, quien deja de estar en escena en la página 200, para reaparecer en la 760; se cuentan historias que se olvidan y se retoman cuando se cree que fueron dejadas a un lado (el desollador); aparecen cambios de tipografía en la mitad del libro; todo se confunde más y un poco más y un poco más. Quizá sea eso lo que molesta un poco en el libro: faltando cincuenta páginas aparece un excelente “deus ex machina” que lo arregla todo (a la mejor manera de Eurípides). Pero todo concuerda, coincide, resulta lógico. Murakami no da “puntada sin dedal”, cada historia, cada personaje, cada cambio de dimensión, cada gato perdido; terminan siendo piezas claves y obvias en la estructura confusa que armó desde un principio. Pero al momento de desenvolver el hilo, todo ocurre rápido. Quizá esa fue una de las razones por las cuales dejé de ver LOST: temía que todo se explicara con una obviedad que aparecía como el “deus” de Woody Allen en “Poderosa Afrodita”. Falla al final la sutileza de “Kafka en la orilla” o “al sur de la frontera…”. Aún así, es imposible no pensar en Murakami como uno de los mejores autores de inicios del siglo XXI. Terriblemente adictivo. “Crónica…” es un libro de paciencia, y a la vez, un libro de sorpresas. Cada vez que se lee al autor Japonés se encuentran los hilos escondidos de aquello que es cotidiano y, descubrimos, no lo es tanto (no me explayaré aquí contando la historia de una amiga que sintió que murió, y me empezó a narrar –con ciertos cambios- el capítulo de “Crónica…” que acababa de leer). Hay que leer a Murakami, hay que leer “Crónica…”. ¿Lo notaron?: me cuesta hablar de Haruki, no sé muy bien qué decir. Lo mejor es hacer ese viaje al otro tiempo de LOST, o a la otra dimensión de Murakami. Encontrar ahí el lugar donde, posiblemente, Murakami tenga su mayor relevancia y su mayor nivel interpretativo posible: el mundo de los sueños.

6/24/2009

Deshojando a Guadalupe

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Hace mucho leí en algún libro, vi en una película, o “veí” en una película basada en un libro (no recuerdo) una de esas frases que intentan cambiar la vida del protagonista con algún pensamiento llevado al extremo: “solo hay dos tipos de personas: las que miran hacia arriba, o las que miran hacia abajo”; bien, yo siempre he sido de los que miran hacia arriba, no porque tenga esperanzas altruistas, sino porque mi metro sesenta y cuatro me ponen por debajo del promedio de altura. Esa filosofía de vida en la cual se dividen en dos grupos a todos los humanos (con la cual Hegel estaría más que feliz) representa toda una visión de mundo: dime cuanto mides y te diré quién eres. Últimamente, creo que es posible trasladar ese mismo punto de vista a la literatura. La dualidad en los textos que leo en la actualidad está entre esos inmensos tomos que solo puedes leer en casa porque cargarlos pesa mucho y en resumidas perlas de lenguaje que intentan llegar al punto reduciendo número de comas, y de verbos (¡infierno eterno a quien intente poner un adjetivo de más!) hasta llegar al paroxismo del minimalismo.
Es así que mientras leía “La broma infinita” de Foster Wallace (q.e.p.d.; algún día escribiré algo sobre él), lo tuve que bajar con un par de sorbos de Zambra; y “Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay” fueron aderezadas con gotitas de “La gran Bonanza de las Antillas” de Calvino. Ahora leo “Pájaro que da cuerda al mundo” de Murakami y encuentro paliativo de tamaño en “Pétalos” de Guadalupe Nettel. Fresán hablaba de un clásico de fútbol entre los maximalistas-boca juniors-fitzgerald y los minimalistas-river plate-hemingway (con Faulkner como independiente); pues yo soy del Deportivo Pasto y nunca he podido enmarcarme en una de las dos corrientes, pero Guadalupe Nettel, se acerca bastante a lo que quiero. El libro “Pétalos”, además, me trajo una pequeña pero bella sorpresa: el cuento “Bonsái” es un soñado homenaje a Murakami, aunque molesta un poco que Nettel crea estúpido al lector al nombrar al autor japonés faltando un párrafo para que finalice el texto. El libro tiene la potenciadel lenguaje bien logrado y trabajado de manera puntual, junto a historias que logran tener una intensidad profunda y unos personajes complejos y bien logrados. Molesta que Nettel quiera darle a su libro un tono de “historias incómodas" pero, lejos de esos pequeños elementos de estructuración, la autora mexicana trabaja con esas pequeñas perlas que, hasta ahora, solo había visto en textos de Zambra. Nettel se inscribe en ese grupo de escritores que logran hacer grandes obras con muy pocas palabras, imagino que para ellos el oficio de la escritura es el oficio del artesano: aquel que quita palabras más que pone y que se puede pasar muchísimas horas frente a un diccionario buscando la palabra cuyo sonido cala mejor en el ambiente del texto. Pero no puedo dejar de pensar en la necesidad de lo extenso. ¡Cómo me gustó leer a Nettel!, pero me gustó mucho más volver a Murakami y sus 908 páginas.
Algo en las nuevas generaciones de escritores puntuales me molesta y no sé muy bien qué es. Algo en ese tipo de historias cortas que se quedan a medias y no logran ser una cosa ni otra, algo en ese contar algo sin contarlo, o ponerle tanta atención a las atmósferas que se quedan en falla por una falta. No niego la maestría en las miniaturas, pero prefiero comprar una camiseta con mi nombre que hacerlo escribir en un grano de arroz. Pero, está bien, ya Swift nos enseñó que el tamaño no es norma, mi metro sesenta y cuatro puede ser una estrambótica altura para mis gatos o una nimiedad sin importancia para un paquidermo. Mientras tanto, seguiré buscando alguien a quien mirar de frente a los ojos, o entender, en mi cerrada visión de lo literario, que el tamaño que importa es aquel de lo que se queda en la memoria. Nada más.

5/05/2009

Tratado de biología.

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Afuera se escuchan los árboles entrechocando sus ramas. Algunos animales hacen ruidos que no puedo clasificar. Quizá pueda decir que aúllan, o que gimen. No lo sé. Me cansé de inventar palabras para los sonidos que hacen. Antes me gustaba imaginar la forma de los animales por los ecos que producían. Dejé de hacerlo hace una semana. Un ruido seco se posaba en ese entonces cerca a la puerta de casa. Era fuerte, casi estridente. Imaginaba que el animal que hablaba así era gigante. Quizá un par de metros, con pelos por todas partes, cinco o siete patas. Hace siete días sentí que el ruido se acercaba y golpeaba la puerta. Después, dejó de sonar. Entonces, una pluma se deslizó bajo la puerta. Noté que el bicho debía ser un ave. Y que había muerto en la entrada. Me desilusioné. Guardé la pluma con los otros trozos de animal que he encontrado en mi vida. Los que han entrado bajo la puerta. Y dejé de imaginarlos. Hoy volví a revisar el libro de biología que me dejó mi padre. El mismo con el que me enseñaba cómo eran los diferentes animales de afuera. Esos que nunca he podido ver realmente. Miré el apartado de “aves”. Intenté buscar uno que tuviera plumas parecidas a esa. Ninguno. Recordé que mi padre me habló de la posibilidad del cambio. Mutación, lo llamaba él. Dijo que luego de la catástrofe no podíamos salir. Que muchos estaban igual que nosotros. Encerrados. Si salíamos podíamos morir. En un instante. Me enseñó todo lo que él había visto de niño. Lo que nunca pude ver. La catástrofe ocurrió cuando yo era pequeño. No tenía forma de recordar. Antes de morir se aseguró de dejar todo cerrado. Bloqueado. Después de su muerte quité la última tabla de la puerta. Por ahí entró la pluma. Esperaba que entrara la muerte. Pero no lo ha hecho. El libro no tiene las medidas de los animales. Por eso los imaginaba grandes. O pequeños. Según el caso. Según su forma de hablar. Ya no lo hago. Ahora quiero verlos. Por eso dejé todo organizado. Ayer. Saqué el martillo y observé las tablas. Son fáciles de sacar. Tengo planeado hacerlo más tarde. Saldré con el libro bajo el brazo. Espero poder ver al menos un animal. Antes de que la muerte llegue. Y si muero. Quiero que no sea por la catástrofe. Desearía que fuera por un animal. Uno gigante. Quizá uno que esté en el aparte “insectos”.


Existe una teoría difundida –principalmente- en el mundo oriental llamada “horror vacui”. Dicha teoría considera que el hombre tiene horror al vacío. Los orientales, más adaptados al concepto de vacío, prefieren ver en sus paredes las sombras dejadas por las texturas, los cambios por el color de la tarde, las pequeñas imperfecciones que se plasman como verdaderas obras de arte. Los occidentales, poco acostumbrados a la nada -tuvimos que importar el cero de India-, llenamos esas mismas paredes con colores, pinturas, cuadros, avisos; tapando hazañas estéticas creadas por las fallas propias del género humano. Si consideramos entonces el “horror vacui” como una forma de decoración interior y exterior, la pared que se alza frente a nuestros ojos sería uno de los mejores ejemplos de la saturación visual a la que hicimos alusión hace poco.
La pared tiene cerca de dos metros y medio de altura, y de quince a veinte metros de ancho. Está construida sobre la carrera séptima a la altura de la calle cincuenta y, contrario al uso normal de las paredes, no está dividiendo un espacio público de uno privado. La pared sobresale porque está puesta al lado del andén sin función alguna; tan solo la de estar ahí. Aprovechando dicha ociosidad manifiesta –y recalcando la preocupación por la exaltación del vacío-, las personas han decidido llenar de letreros, grafitis, anuncios y manifiestos el muro gigantesco, otorgándole así a dicho objeto el, nada despreciable, oficio de publicista. En cada uno de sus rincones luchan por salir los mensajes nuevos que se confunden con los viejos. Cualquier observador desprevenido puede pararse horas frente a la pared que simula un viejo cuadro de max ernst, para formar nuevas palabras: cineumba, teacombocatiesta y asi…
Las luchas son infernales: trozos de papel arrancado, grafitis, imágenes y dibujos se funden en un solo cuerpo. Pareciera que la pared está formada por los trozos pegados y pocos imaginan que bajo toda esa masa se esconden kilos de ladrillo y cemento. El muro se alza para llenar otro espacio, para ocupar el espacio que debería estar vacío pero que insistimos en llenar con mensajes, con una marca que demuestre nuestra existencia y así no caigamos en ese horror vacui que empieza en los objetos y termina en nuestra vida.

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