Saramago, José. Caín. Alfaguara. Bogotá. 2009. 189 págs.
Una de las conversaciones que surgen entre copas y botellas es las segundas partes. Empieza por el clásico “las segundas partes son peores que las primeras”, para que salgan de varios lugares las voces de queja de algunos inconformes. Entonces, empiezan a surgir ejemplos: Terminator 2 (aunque siempre hay alguien que dice que es mejor la 1), La caída del caballero nocturno, alien 2, Las sagas de Star Wars, Indiana Jones, Guardianes de la noche, El señor de los anillos, Star Trek, X-men y Harry Potter , momento en que la conversación gira de manera abrupta sobre la calidad literaria del mago literario (ahí siempre recomiendo leer “Jardines de Kensington” de Fresán, y observen la burla a Potter), pero ese no es el tema.
Hablando de segundas partes en la literatura, la cosa se complica. Cuando un libro tiene éxito son raras las ocasiones en que la segunda parte es tan interesante como la primera. Así pocos siguieron con la fiebre de “2001: odisea espacial” cuando aparecieron 2010, 2061 y 3001 o muchos menos miran con buenos ojos cuando en la portada viene el letrero “segunda parte de…”. Cuando hablas de sagas se duda de la calidad literaria (pocas se salvan, “señor de los anillos” quizá es una de ellas). En literatura se utiliza de manera común el personaje que reaparece como alter ego del autor: a “El talentoso señor Ripley” (traducida como “A pleno sol”) de Highsmith le siguieron otros seis libros; está el caso de Nathan Zuckerman, el de Philip Marlowe, el de Sherlock Holmes: mismo personaje, historias individuales. Quizá uno de los casos especiales sea la dupla “Ensayo sobre la ceguera”- “Ensayo sobre la lucidez” de José Saramago. Me parece que intentó revivir (sin mucho éxito) esa dupla creando una precuela de “El Evangelio Según Jesucristo” con su última novela “Caín”.Antes de hablar de “Caín” debo aclarar: he leído demasiado a Saramago. Después del 98, año del nobel, compré libros de Saramago como si fueran cromos de un álbum por completar (lo tengo-lo tengo-lo tengo-¡no lo tengo!), y los leí hasta saciarme del estilo de Saramago: sus diálogos con “,+Mayúscula”, las intervenciones del narrador, el protagonismo de los animales, la búsqueda etimológica de las palabras, etc. Al leer Caín, descubro que el estilo no cambia ¿es eso bueno? No lo sé. Podría decirse que Saramago ha creado una escritura “Saramaguesca” (eso es bueno), pero cansa al lector la repetición (eso es malo). “Caín” tiene los mismos elementos de Saramago: el animal es un burro, la historia buscada y subrayada es la de los patriarcas, el narrador habla con el lector y los diálogos se mantienen. El tema se recicla del “Evangelio según Jesucristo”, pero yéndose hacia el más interesante Pentateuco. Lastimosamente, El personaje Caín no logra la fortaleza literaria de Jesús, el argumento no convence, las escenas son forzadas y hay (sé que suena casi a blasfemia) contradicciones, fallas en el “script” literario. Es como una de esas películas en las que aparece un brazalete en la mano izquierda para reaparecer en la derecha a la siguiente toma. Y por momentos Saramago parece notarlos (diez páginas después) pero escribe “eso no importa” y lo arregla (a la mejor forma de Eurípides) con un Deus Ex Machina (hablar de dios le permite eso). Sorprende, por ejemplo, la resolución que Saramago da a un problema estructural del tiempo en el caso de Caín: viajes en el tiempo. Sin saber cómo ni cuando el personaje viaja de un momento a otro y de un espacio a otro observando todos los momentos del Pentateuco y arreglando su vida de la manera más sencilla.
Leyendo “Caín” me doy cuenta que Saramago ya ganó el nobel, tiene ochenta y siete años y puede hacer lo que se le venga en gana. Parte de eso se nota en que ya no se toma tan es serio las historias que cuenta. Recuerdo que al leer textos como “La Balsa de Piedra” o “Manual de Caligrafía y Pintura”, me movía constantemente de la silla por la incomodidad de la raza humana a la que pertenecía y que se veía reflejada en sus más terribles momentos en el libro de Saramago. Con “Caín” la lectura fue una risa larga y prolongada. No podía parar de reír así despertara a todos en casa con una carcajada. La literatura de Saramago con esta corta novela es más relajada y tranquila. Menos existencialista y más vitalista. Más cómica y menos trágica. Si alguien quiere leer “Caín” bien lo puede hacer y pasar una muy buena tarde (la novela es cortita). Pero si quiere acercarse por primera vez a la lectura del autor Portugués, recomiendo que comience por “La Caverna”, “Todos los nombres” o “Ensayo sobre la ceguera”. Leer “Caín” primero es como cuando tratas de entender una telenovela que nunca has visto antes e interrumpes a la persona al lado para preguntarle quien es él, ella o ellos. Siempre es mejor ver las series en orden, así te digan que las segundas partes son mejores. Aunque no debería hablar tan fuerte. Leo ahora la tercera parte de la trilogía de la frontera, y no sé de qué tratan los dos primeros libros. Después cuento cómo me fue.












